¡Que se joda la culpa!, Todo lo rico no se trata de una apología al exceso, sino una celebración del placer sucio y diverso.
Sean todos bienvenidxs.

¡Que se joda la culpa!, Todo lo rico no se trata de una apología al exceso, sino una celebración del placer sucio y diverso.
Sean todos bienvenidxs.

Los placeres de llegar a cierta edad

  Por: Camilo Jiménez Estrada Director de Bacánika y de Bienestar Colsanitas. ___ Llegar a cierta edad tiene ventajas y desventajas, como sucede con cualquier edad. La clave para uno disfrutar el momento en que se llega a cierta edad es aceptar el hecho, apropiarse de esa etapa de la vida. No pelear contra eso. Parece una obviedad, pero no lo es: todos hemos visto por ahí a personas que se resisten a llegar a cierta edad. Que no lo aceptan. Señores que actúan como muchachos, señoras que viven como cuando tenían 19.  Son esos señores que hacen una torpe gambeta frente al equipo de fútbol de su hijo, o, guácala, le coquetean a las compañeras de universidad de la hija. Es la tía que en las novenas parcha con los sobrinos y le echa el ojo al amigo guapo del primo. Es eso que antes llamábamos “cucho sollao” o “cuchibarbie”. Al llegar a cierta edad hay que evitar a toda costa convertirse en “cucho sollao”. O al menos eso creo yo.  Ahora bien, ¿cuándo se llega a “cierta edad”? Es difícil precisarlo, pero según mis observaciones sucede en algún momento entre los 46 y los 55. A ver. A los 40 uno todavía aguanta, literal y metafóricamente hablando. Pero hacia los 45 la vida empieza a pesar un poquito más y se comienza a notar esa cierta edad, tanto por dentro como por fuera.      Conversando con un amigo mayor y sabio, le dije que a partir de los cincuenta me habían empezado a aparecer un montón de problemitas pendejos —y serios— de salud; como que sentía que todas las semanas llegaba algo nuevo que me hacía consultar al médico o al doctor Google: un dolorcito, una mancha, una molestia, un miedo… Mi amigo sabio y mayor me contestó con esta verdad: “a partir de los 50 uno paga TODO. Todo lo que hizo y todo lo que no hizo”. Hizo énfasis en todos los “todo”.   Esas molestias físicas y a veces metafísicas son las desventajas de llegar a cierta edad. Si uno las asume con humor y buen tono y las enfrenta de manera sensata, puede dedicarse a disfrutar de los placeres que tiene llegar a cierta edad. Que son intensos e inmensos y que podemos reunir en dos, para no hacer de esto un tratado.      El primero sin dudas es que sabes exactamente qué te gusta y qué no, y actúas en consecuencia. Esto aplica para las drogas y para los zapatos, en la mesa y en la cama. A veces en la vida uno sabe que algo no le gusta, pero no actúa en consecuencia. O toma una decisión frente a algo que cree que le gusta, y después resulta que no le gustaba tanto, que se dejó deslumbrar por las apariencias. Saber exactamente qué te gusta y qué no, y actuar en consecuencia, te ahorra mucha energía. Y tiempo. Y dinero. Y dolor. Pero eso solo se sabe y se aplica cuando uno llega a cierta edad.  El segundo tiene algo que ver con el anterior, y para decirlo fácil, es que aprendes a decir que no, y usas ese aprendizaje en todo momento y circunstancia que puedas. A cierta edad dices “no”, sin remordimientos, a experiencias, personas, momentos, batallas. Es a cierta edad cuando dices “no” y te quedas tan tranquilo, sigues con tu vida porque ya sabes qué te gusta y qué no, y actúas en consecuencia. Por eso uno a cierta edad está un poquito más solo, pero también está más feliz. Tenía mucha razón nuestro premio Nobel de literatura cuando dijo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.  

Ternura radical para reencontrarse con el propio cuerpo: cómo dejé de ocultar el espacio que ocupaba en el mundo

Por Astrid Ávila Castro Lxs cuerpxs disidentes, que de hecho son la mayoría, se han enfrentado a la imposición de formas corporales “correctas”, y también de dinámicas tiranas frente al deseo y al placer. El cuerpo que desafía los límites (gordo, calvo, con discapacidad, pequeño, no proporcional) se enfrenta a la posibilidad de ser indeseable, de no merecer recibir ni brindar amor. ¿Cómo reconciliarnos con el placer? ¿Acaso la reivindicación de la ternura radical nos puede reencontrar con nuestras cuerpas? Esta es la historia de una niña que aprendió a respetar su cuerpo hasta después de haber vivido un cuarto de siglo. Es la historia también de una adolescente que quiso ocultar el espacio que ocupaba en el mundo y de una mujer adulta que decidió habitar diferente su cuerpo no normado.  La primera vez que usé un bikini en la playa mi vida cambió. Quizás haberle dado largas, haberlo pospuesto tanto tiempo me sirvió para sentirme preparada. Nada malo pasó. Nadie se burló de mí. Me sentí cómoda. Nunca había nadado tan bien.  Desde preadolescente, las prendas que acompañan el ritual de la playa me sirvieron para cubrir mi cuerpo. Llevaba camiseta, salida de baño y toalla, y ocultaba mi cuerpo todo el tiempo, con la excusa de ser muy blanca y por ende sensible al sol. Recuerdo que hasta hace algunos años entraba al mar con salida de baño (lástima que en ese momento no identifiqué la ironía en esa combinación de palabras). Recientemente cuando he ido a la playa y he visto la misma escena de ocultamiento inútil en otras mujeres y hombres, me he dado cuenta lo incómodo que es hacerlo. Para mí siempre fue lo normal: no quería exhibir algo que consideraba indeseable.     Pero el día que usé un bikini azul precioso y decidí no cubrirlo con una salida de baño, algo adentro se alegró. Me despojé de un peso invisible. Sentí que el espacio que ocupaba en el mundo era el preciso porque el océano era infinito. Traté mi cuerpo con ternura por primera vez.  Mi amiga M. me decía que su terror en la playa era sentir que la gente la miraba más, y ella se sentía juzgada. Y esto porque se presume que el mundo tiene ansia de criticar lo feo, lo gordo. Y puede que sí. Muchas mujeres conviven con parejas que convierten sus detalles físicos en defectos. Nuestras madres y padres nos han recalcado que si eres demasiado gorda o demasiado flaca eres fea, por ende la gente se va alejar (esto no se dice, pero se insinúa). La lógica detrás de que si un cuerpo se cubre se va a volver invisible es, cuando menos, delirante. Pero también estoy convencida de que entre más se normalice que los cuerpos no normados se muestren libremente si así se desea, la mirada unificadora sobre los cuerpos y las cuerpas también se va a agotar.   Siempre nadé cuando era una niña. Lo hice porque mi mamá también lo hacía, y desde entonces hasta hoy sigue siendo un ritual de madre e hija. Pero hubo un momento en el que se fue transformando en un escenario de miedo y culpa. Mi cuerpo no se parecía al de las niñas y mujeres que aparecían en vestido de baño en la Revista Tú (o su adaptación colombiana: la Revista Luna), aún así yo quería la misma ropa que ellas tenían, sus accesorios, su cuerpo. Empecé a pensar que para poder nadar tenía que buscar ese cuerpo y de hecho dejé de nadar muchísimos años de mi vida (primero por inseguridad, después por inercia). Pero cada año de mi adolescencia en adelante fue un alejarme de los cuerpos que había visto como ideal.      A medida que mi cuerpo fue engordando, progresivamente también fue creciendo la necesidad de ocultarlo, buscando no mostrar aquello que no consideraba digno de ser mostrado. Esto coincidió con que tenía 16 años y una identificación con la música y la estética metalera. He pensado que cuando usaba ropa gigantesca y negra buscaba desaparecer, una vez más, del espacio que estaba ocupando. Inconscientemente asumía que taparme así iba a ocultar que era una adolescente gorda. Cuando menos era ingenuo. Mi amiga B. también engordó después de la preadolescencia: “Me acuerdo de que no quise tener fiesta de cumpleaños porque era gorda, y mis amigas eran flacas. También perdí mi virginidad muy pronto y sentía que no lo merecía”. Y esta sensación de no-merecimiento nos fue permeando toda la existencia. En mi caso me costó varios años de adultez convencerme de que mi cuerpo era deseable y de que mi valor humano trascendía mi peso. Lxs cuerpxs disidentes, que de hecho son la mayoría, se enfrentan a la imposición de formas corporales “correctas”, y también del despotismo de dinámicas de deseo y placer impuestas y cuadriculadas. Para desafiar los límites basta casi con ser un humano: tener nariz grande, estatura pequeña, sin pelo corporal, con demasiado pelo corporal, ser un hombre gordo, ser una mujer calva, ser transgénero, tener discapacidad. Y así fue como los detalles de nuestro cuerpo se volvieron la causa de ser indeseable, de no merecer recibir ni brindar amor. En la temporada 2 de la serie Euphoria, Kat tiene un ataque de pánico al escuchar las incesantes voces de autoayuda cuando ella habita un cuerpo gordo y se siente miserable: eres hermosa, diosa, caballota, bichota, nos dicen. Esas voces aparentemente positivas se incrustan en la cabeza como un ruido y a veces aturden tanto que parece que no hay otra posibilidad de acercarse al cuerpo sino con la extrema adulación. Ahora busco tratar mi cuerpo con el amor que por muchos años no creí merecer. Pero ese amor no solo pasa por repetirme “hermosa, bichota, mamasita”, de hecho pasa por aceptar mi cuerpo sin tender a calificarlo. Por eso también creo en la radicalidad amorosa de reivindicar lo feo, lo gordo, lo desafiante. Porque creo que a veces abrazar lo que ha sido usado para herirnos también es un acto radical.       Estas son tan solo un puñado de anécdotas que he escuchado de la voz de mis amigas toda mi vida. Nuestras madres han equiparado la belleza con la delgadez desde que tenemos memoria: “Tan linda Juanita, es tan delgada”, “¿Viste cómo se engordó Alicia? Es terrible”. Y juicios en apariencia inocentes que fueron configurando nuestros miedos. Mi amiga A., por ejemplo, me cuenta cómo siempre fue comparada con su hermana, que era muy flaca, y cómo siempre sintió una carencia frente a su cuerpo que nunca pudo decantar del todo.  Con el paso del tiempo y el inicio de mi vida sexual por varios años sentí que era imposible desearme. Tuve la fortuna de que mi primera pareja fuera comprensiva y amorosa, y me acompañara a navegar por ese camino doloroso del propio rechazo. Con el tiempo me di cuenta de que si no labraba el camino para desearme iba a ser una persona infeliz el resto de mi vida. El universo conspiró, y aunque me costó muchos polvos desastrosos y horas de dolor y autocastigo, logré interiorizar lo obvio: sin mi cuerpo no existo, y si no existo no puedo nadar, bailar ni tener orgasmos. El deseo desde la aceptación transformó mi vida.  Tal vez mi atracción por cuerpos no normados tenga que ver con que alguna vez me pregunté: ¿cómo si solo deseo los cuerpos esterotípicos voy a aceptar que mi cuerpo no normado sea deseable? Por eso reivindico el amor por lo raro, por lo queer y por lo ominoso y estoy convencida de que el deseo es un animal salvaje pero también un ser vivo con consciencia que se puede transformar. Y es un acto político configurarlo.   Hoy quiero reivindicar el espacio que ocupo en el mundo. Este texto no busca ser un manifiesto de autoayuda, pero hoy saludo a la niña que fui y le pido perdón a la adolescente que no he dejado del todo de ser. Y también le propongo el ejercicio de mirarnos al espejo solo para describir nuestras partes y nuestro todo. No para calificar el cuerpo, sino para identificar eso que es capaz de hacer: cómo se mueve, cuáles de sus colores y texturas coinciden con los de la naturaleza, cuál es el primer recuerdo que se tiene asociado a la boca o a un tobillo, qué no podríamos hacer sin ese cuerpo Yo amo mi cuerpo porque me permite nadar. Quizás al volver a vernos con ternura, como probablemente nos enseñaron alguna vez en preescolar, y reconocerle al cuerpo que más que una foto es una caja impresionante de recuerdos y hermosos delirios, finalmente podamos reconciliarnos con el placer y entregarnos a la profundidad de las aguas como hice yo cuando entré al mar sin una bata encima. Así, de pronto, también podamos reivindicar la ternura radical para reencontrarnos con el placer de nuestras cuerpas. La belleza la podemos hacer nosotrxs, está en nuestra mirada.  

La vida, una tusa eterna

  Por: Andrés Salazar No me malinterpreten, no estoy siendo pesimista, nostálgico, melancólico, lastimero o fatalista. Lo único que estoy siendo es realista frente a una situación propia y es esa, la de la vida siendo una rompecorazones constante. Empecemos por aclarar que una tusa no es solamente un duelo por un rompimiento de pareja, no. Aunque esa es una de las tusas más comunes (y dolorosas), existen muchas más. Por ejemplo, una tusa por un amigx, por un familiar, por una mascota y hasta por un objeto o situación. Todxs en algún momento de la vida hemos sentido desamor, hemos sentido el corazón roto y eso es algo que jamás se olvida. Se supera, sana, pero jamás se olvida. ¿Acaso olvidaron su primer break down? ¿Su primer despecho? ¿El perro que se les murió? ¿Sus abuelos o padres? ¿Ese viaje que no pudieron hacer? ¿Esa persona que se fue para siempre? Aunque todas son diferentes y podrían tener niveles de dolor muy distantes, todas al fin y al cabo hacen parte de la vida, pero sobre todo, hacen parte de aprender a vivir. Y ahí está el punto clave de lo que quiero decir con esta columna: la vida es un constante salto a través de tusas, grandes, pequeñas y medianas, que nos van enseñando cómo carajos vivir. La primera que sentimos, puede ser, tal vez, el desprendimiento de mamá. Esa primera vez que sentimos que mamá se va o nosotros nos vamos, al jardín, a la escuela, a la casa de las tías, etc. De ahí en adelante, todo es un cúmulo de despechos, y lo peor, con el paso del tiempo se van volviendo más trascendentales, más profundos y más difíciles de superar. De hecho, tienen mucho que ver con las primeras tristezas o traumas de la infancia. Por supuesto que la vida también es un camino lleno de alegrías y triunfos, pero son los desamores los que nos enseñan, los que nos forjan y los que nos duelen, y como duelen, jamás quisiéramos volver a estar ahí, aunque a veces volvemos, pero por pendejos o porque tenemos deudas pendientes. La vida es una tusa constante, repleta de frustraciones y de sueños rotos. Eso mismo que se siente con la desilusión de una relación imposible, lo sentimos con un fracaso laboral, con un bache emocional, con una pérdida familiar e inclusive, con ese amigo que pensamos iba a estar con nosotros para siempre. Pero, ¿qué sería de nosotros sin esas tusas? Tal vez no sabríamos nada, seríamos niñxs indefensos, desamparados, yendo de un lado a otro sin saber por qué. Tampoco estoy diciendo que tengamos que pasarnos la vida sufriendo para poder ser alguien, simplemente, gracias al camino espinoso es que valoramos el estar vivos, porque al fin y al cabo todxs estamos aquí, ahora, cargando cruces, unas más pesadas que otras; lidiando con desamores, unos más profundos que otros; tratando de reconfigurarnos a diario, en medio del caos, de la desigualdad, de la discriminación, de la violencia, de nuestros propios demonios, de la indolcencia, de la injusticia y de la maldad… Las tusas hay que atravesarlas, de frente, no hay cómo evadirlas, por más de que lo intentemos. Hay que habitarlas y hay que dejarnos habitar por ellas, las veces que sean necesarias, pero eso sí, ninguna debería ser igual pues si las padecemos, ya sabremos cómo gestionarlas o pasarlas. Todas pasan, absolutamente todas, unas se demoran más que otras, pero al final siempre llega ese suspiro reparador que nos indica que el dolor quedó atrás, y por lo general, no nos damos cuenta. En ocasiones hay falsas reparaciones, momentos donde sentimos que la herida sanó cuando en realidad es un espejismo, una prueba que nos pone la vida misma para saber cómo reaccionamos y en qué parte del proceso estamos; Así que ojo, no se confundan, la verdadera reparación se sentirá de verdad, se sentirá desde el fondo de cada corazón y uno sabe cuándo cerró ese ciclo o es puro pajazo mental. La vida es una tusa eterna que nos espera allá afuera todos los días, pendiente de con qué cara la afrontamos. A veces es condescendiente, otras es una mierd4, pero al final es maravillosa, misteriosa, sin un sentido claro pero con cientos de oportunidades para comenzar de nuevo, y eso, eso vale toda la pena.  

La ansiedad de vivir con ansiedad

  Para ser honesta, debo confesar que escribir sobre la ansiedad me causó ansiedad. Pensé alrededor de 30 escenarios posibles en mi cabeza en donde este texto iba a ser problemático. Ya fuera porque revelará demasiado de mí o de quienes me rodean, o porque fuese en extremo escueto o ligero y quienes viven bajo un tratamiento psiquiátrico que controle su ansiedad lo sintieran como una aproximación estúpida a una condición difícil de sobrellevar. Luego pensé: eso es pura ansiedad. Porque si algo nos hemos dado cuenta, o al menos yo, es que la respuesta a la mayoría de las preguntas que se hace mi cabeza es la misma: A N S I E D A D. Eso no quiere decir que la ansiedad se viva igual para todos, pues sí, para muchos es solo una voz que intenta sabotear la cotidianidad, esa que te hace preguntarte si apagaste el gas, si le hablaste a tu amiga en el tono incorrecto y ahora te odia, por qué estudiaste esta carrera, o si debiste haber dado ese like en Instagram. Para otros, la ansiedad es una prisión mental y física que te roba la paz y cualquier noción de tranquilidad. Hay quienes viven con ella a diario, la controlan con medicamentos por recomendación de su psiquiatra, o en alternativas más holísticas que dependen de muchos factores para funcionar. Pero trabajan, comen, duermen, aman y existen con ella. En mi caso, la ansiedad aparece en forma de ataques esporádicos de duración indeterminada. Pueden ser 5 minutos o 2 horas, pero dure lo que dure, en ese momento todo está en desequilibrio. Respirar es una tarea titánica, el cuerpo tiembla sin control, tiene espasmos dolorosos que hacen que sudes y se te pegue la ropa. La cabeza, a diferencia de los pensamientos intrusivos que van atropellándote en el día a día con preguntas o cuestionamientos momentáneos, no está en ningún lugar, revolotea, salta de un lado a otro y no hila una idea. Sientes miedo, como si te fueras a morir en ese instante y no sabes por qué. Al final, solo le pides a la vida que se acabe pronto y cuando sucede parece que hubieras corrido una maratón, el cuerpo está agotado y la mente igual. A mí me han dado episodios de ansiedad en muchos lugares, en la calle, en cine, en la cama segundos antes de dormirme, viendo una serie, y tratar de encontrar los detonantes no ha sido fácil, a veces son fáciles de identificar lo que hace que trates de evitarlos, pero en otras ocasiones simplemente sucedió y comprender lo que hay detrás te tomará muchas sesiones de terapia. No creo que todos vivamos con ansiedad, pero sí creo que a todos nos interrumpen ese tipo de pensamientos, y ese vacío que algunos sienten por dos o cinco segundos, otros lo tienen dentro suyo todo el tiempo, todos los días, a toda hora. Miremos nuestro propio vacío y el de los demás con respeto, pues desestimar la ansiedad como un capricho del mundo moderno, o una señal de debilidad de la mente y el espíritu no puede estar más desconectado de una realidad que nos rodea. Propongámonos identificar eso que alimenta nuestra ansiedad, esa situación, persona, contenido, trauma, recuerdo, o cosa que sin darnos cuenta pone a nuestra cabeza a dar vueltas sin parar, porque sin importar cual sea y el tiempo que nos tome reconocerla, entenderla nos permitirá empezar a manejarla para vivir mejor. En este momento, mientras releo este texto antes de enviarlo, creo que nada de lo que digo tiene sentido, que a nadie le va a importar, luego veo el reloj, me doy cuenta de que mi deadline ya pasó y me genera angustia incumplir, al final repaso estas palabras mientras la barra titila en la pantalla del computador, pienso en la respuesta a todas estas preguntas y es la misma: es ansiedad.

Oda a la tristeza

  Tristeza Hace poco mientras leía el libro de mi amigo Manuel Carreño, “Por culpa de los Ramones”, una narración personal y casi que autobiográfica que repasa sus encuentros con la música, descubrí una de sus definiciones más bonitas, dura pero real: la de la nostalgia. Manuel dice que, palabras más palabras menos, la nostalgia es ese sentimiento de tristeza por aquellas cosas, momentos o personas que ya no volverán, y no puedo estar más de acuerdo. La nostalgia es un sentimiento peligroso. Para muchos, todo tiempo pasado fue mejor y viven de la nostalgia, anclados en ella mientras el presente pasa, y así les funciona la vida, la disfrutan. Para otros, la nostalgia es un sentimiento negativo, que no deja avanzar, que nos estanca y que desconoce los beneficios de lo novedoso, de lo desconocido, de lo nuevo. Pero no voy a hablar de la nostalgia (tal vez después, porque me gusta pero a la vez la detesto), voy a hablar de la tristeza, de la tristeza como sentimiento necesario, inevitable, cotidiano, mordaz y esperanzador.Yo creo que no hay días en los que no sienta tristeza, así sea en un nivel muy mínimo. Y sobre todo pasa cuando recuerdo, es decir, cuando evoco la nostalgia. Recuerdo mi niñez con algo de tristeza, pero no porque la haya pasado mal, al contrario, la pasé tan bien que la extraño y por eso, tal vez, me sienta triste.  Recuerdo la vida que se fue, en donde fui feliz, y me siento triste. Y lo entiendo, lo acepto, comprendo que así son las cosas y que la vida hoy es diferente, ni mejor ni peor, solo diferente, pero cuando pienso en eso, me dan ganas de llorar. No, no es todo el tiempo ni con todos los recuerdos, pero sí con unos muy marcados, como la separación de mis papás (hace poco, muy poco). La vida hoy no es mala, y tampoco me quejo. A pesar de todo lo que pasa allá afuera (y aquí adentro), soy afortunado. Soy feliz, a veces. Pero no lo podría ser si no me sintiera triste. La tristeza es un sentimiento necesario pues nos pone en lugares vulnerables en donde reconocemos quiénes somos en realidad. Puede sacar desde nuestros más profundos demonios hasta las emociones más puras, reales, transparentes y honestas.

Estar triste: no todo es malo

Tocar fondo cuando se está triste es tener la posibilidad de volver a flote, de salir de nuevo, de “renacer”, así el término esté bien manoseado. Pero no nos detengamos en el tiempo porque es un factor del cual no tendremos control. Las tristezas pasajeras (tal vez) son más gestionables que las más perdurables, esas que van carcomiendo el alma, y de las cuales parece no haber salida. Hablemos del sentimiento más no del tiempo que este dura en nosotros… Generalmente (y me ha pasado), una gran tristeza, profunda y dolorosa, es la que me ha hecho tocar fondo, y cuando digo tocar fondo me refiero desde pintarme el pelo de 6 colores hasta tener comportamientos autodestructivos. En otras ocasiones, más tranquilas, las tristezas fugaces me han hecho replantearme cosas, me han hecho moverme y aunque me han herido, he sanado rápido. En cualquiera de los casos he podido gestionar las emociones (afortunadamente). Cuando no es la terapia, son los amigxs (que también son terapia). Cuando no es el trabajo, es la familia. Cuando no es el rompimiento de la rutina, es la música. Siempre, de lo micro a lo macro, hay salvavidas o cuerdas de las cuales nos agarramos para subir a la superficie. Y no les voy a negar, estar en la oscuridad a veces es bien seductor, es un lugar tenebroso al cual nos podemos adaptar rápido, y donde tal vez podamos sentirnos agusto, pero no es un buen lugar para estar siempre, hay que salir, no es real. Hay algo que tengo muy claro y es que la tristeza es pasajera, es transitoria, por más de que estemos ahí un buen rato, años inclusive, en algún momento nos va a dejar o nosotros a ella, pero ya no estará. Pero eso sí, volverá, nos encontrará, puede que en el mejor momento pues su función es esa, decirnos que no todo puede estar inclinado a un lado de la balanza y que debemos saber pararnos al otro lado. Una tusa, una ruptura familiar, una añoranza de lo que ya fue, un quiebre profesional, una meta incumplida, un periodo de incertidumbre (pandémico), un duelo, un cambio de planes o de vida, o simplemente un bajonazo químico… Hay muchas cosas que nos causan tristeza, cosas que irán y vendrán, unas más fuertes que otras, pero al final, todas hacen parte de esto, de vivir, y jamás nada será tan grave para dejar de hacerlo porque uno, somos seres microscópicos; y dos, todo viene y todo va. Le agradezco a la tristeza, no por llevarme a la oscuridad, sino por mostrarme la luz desde lejos. Y me cansé de luchar contra ella porque entendí que hace parte de mí. Seguramente volverá y aquí estaré para ella, más viejo, más tranquilo, más vulnerable, pero sobre todo, más real.

Juntas pero no revueltas: tres diferencias entre la alegría y la felicidad

felicidad_portada La alegría es una emoción tan auténtica que tiene su propio himno. (Suena de fondo “Escucha hermano la canción de la alegría, el canto alegre del que espera un nuevo día”) La sonrisa se nos amplía cuando estamos alegres, el corazón late más fuerte y sentimos que no hay nada que pueda salir mal.  Las sensaciones vinculadas a la alegría habitan todo nuestro cuerpo. Un grupo de investigadores finlandeses creó un mapa corporal que muestra en qué partes del cuerpo se canalizan las emociones. Luego de estudiar a más de 700 personas se comprobó que esta emoción nos habita de pies a cabeza.  Pero un momento, ¿la felicidad está vinculada a la alegría? ¿Qué es primero la alegría o la felicidad? Ni lo uno ni lo otro. Aunque parecen lo mismo, estas dos palabras tienen diferencias sustanciales.  Estas son tres formas de entender la diferencia entre alegría y felicidad: 

Emoción no es lo mismo que sentimiento y viceversa 

Una de las primeras diferencias entre alegría y emoción es que pertenecen a categorías diferentes. La alegría es una emoción, es decir una reacción del cerebro ante un estímulo.  No importa si ese incentivo es interno o externo, el punto con las emociones es que son estados transitorios, pasajeros. Piensen que se vuelven a encontrar con esx amigx que llevaban tiempo sin ver, la dicha que sienten al abrazarlx es pasajera, luego vendrá el chisme o la nostalgia por contar que terminaron con sus ex.  Por otro lado, la felicidad hace parte de los sentimientos, que corresponden a estados emocionales con un efecto permanente y más estable. Algunos psicólogos aseguran que los sentimientos son más racionales y se les da mucha más importancia en la vida.  Por ejemplo, eres feliz cuando te detienes a recordar la familia que tienes, cuando agradeces porque estás en tu trabajo ideal o incluso cuando llevas varias sesiones de terapia y te cumples a ti mismx con ese objetivo. 

Una dura más y la otra menos

Ya lo mencionamos antes: las emociones son pasajeras y los sentimientos son más prolongados: la duración hace la diferencia.  La alegría son como ráfagas cortas, esa montaña rusa que sube y baja, es súbita y no se prolonga. Aunque las personas alegres sonríen y se ríen constantemente, algunos estudios han encontrado que esta forma de expresar su emoción suele relacionarse con infelicidad: las máscaras también tienen forma de sonrisa.  La felicidad es permanente, dura más tiempo y aunque se presenten malos ratos o situaciones tristes, lxs personas mantienen sensaciones de plenitud y estabilidad. La felicidad hace que te sientas agradecidx por la vida que tienes, estás conectadx contigx mismx. No importa si “muestras muela” o no, la felicidad no depende de una carita feliz. 

Felicidad y alegría se expresan diferente 

Ya tenemos claro que no todo lo que brilla es oro, así como no todas las sonrisas son sinónimo de felicidad. La forma de expresar la felicidad y la alegría es tan variada como la vida misma.  Por un lado, la alegría es espontánea. Gritas, saltas y mueves las manos para festejar, te ríes y luego bajas la voz. Después de sentir esta emoción sigues tu vida cotidiana y las expresiones corporales cambian.  En cambio las personas felices no siempre están saltando de una pata. Se cree que la felicidad se expresa con seguridad, mostrando actitudes positivas y de calma, mirando al frente cuando te saludan y brindando sonrisas francas.  Si bien la felicidad y la alegría son diferentes hay que pasar por la emoción para llegar al sentimiento. Explora tus sentires sin tapujos, no dejes que la toxicidad te absorba y abre los brazos para que lleguen días felices. Entrégate a la belleza de la vida. 

¿Por qué la Generación Z no quiere durar 30 años en un mismo trabajo?

Por: Marcela Rojas – @MarcelaRojasCoach En la actualidad estamos expuestos a muchos estímulos que hacen parte de un esquema social donde se busca la felicidad en experiencias efímeras. El modelo tradicional de empleo donde una persona permanecía en un cargo por varios años haciendo lo mismo, parece ser una tortura para una generación que le encanta aprender nuevas cosas y que cada vez le da más prioridad a su calidad de vida. De acuerdo a una encuesta de Deloitte Global casi 15.000 jóvenes de la Generación Z, nacidos en los años 1995-2003 y Millennials entre 1980 y 1994, priorizan un balance entre trabajo y vida personal al momento de elegir un empleo. Por eso está siendo cada vez más retador para las empresas mantener una baja rotación. Ya que los jóvenes de esta generación, a diferencia de las anteriores, no se quedan mucho tiempo en trabajos que no los satisfacen.  Esto está llevando a las compañías a generar estrategias de marca empleadora, fidelización y bienestar corporativo, con el objetivo de convertirse en lugares interesantes para las nuevas generaciones de trabajadores.  Las empresas de alto desempeño que quieran conservar y reclutar a los mejores talentos, deben apuntar a estrategias que propicien un balance entre calidad de vida y retos profesionales:   Bienestar laboral
  • Generar estímulos como ayudas económicas para estudios, capacitaciones, mentoring y plan carrera, para que el que quiera crecer pueda proyectarse.
  • Capacitar a sus directivos, gerentes y jefes en auto liderazgo y la gestión adecuada de los colaboradores que constantemente buscan retos y aprendizajes.
  Calidad de vida
  • Crear culturas corporativas donde se respete el tiempo y se aprovechen los talentos de los colaboradores. Evaluando cargas laborales, incentivando el talento, la autonomía y la confianza.
  • Equipos de recursos humanos orientados a fomentar estrategias de bienestar laboral para los colaboradores. 
  Convertir en divertido lo aburrido Los empleos operativos o con un bajo nivel de responsabilidad son los que más se ven impactados con esta nueva forma de pensar, ya que esta generación está en búsqueda de estímulos constantes que en un trabajo como estos se pueden perder. El punto crítico de esta situación coyuntural es que se está creando una brecha de empleabilidad, donde los jóvenes se quejan por falta de oportunidades, pero cuando por fin las consiguen, empieza la intensidad de la rotación que deja un desgaste de dinero y tiempo en entrenamiento para las empresas contratantes, y una constante frustración en los jóvenes. Hay que crear un equilibrio donde las empresas ofrezcan condiciones favorables a esta nueva generación de exploradores, pero también revisarse internamente para que esas ganas interminables de experimentar nuevas cosas no traigan inestabilidad e insatisfacción laboral.  La idea no es dejar de buscar la felicidad en el trabajo, sino encontrar herramientas sanas para poderla disfrutar y reconocer cuando se tenga, pues muchas veces estas ganas de cambio constante obedecen a la necesidad de cumplir expectativas erróneas. Es por esto que les quiero compartir 3 herramientas que les pueden ayudar a “conquistar” la felicidad laboral. Un gran logro si tenemos en cuenta que pasamos una parte importante de nuestras vidas trabajando.
  • Descubrir lo que les motiva
Para mí lo primero es empezar con buenas bases en el mundo laboral, preguntándose  antes de escoger una profesión o un oficio qué es lo que realmente les motiva.  ¿Dinero? ¿Encajar socialmente? ¿Hacer feliz a alguien? Si la motivación viene de alguno de estos tres factores sin tener un valor superior como eje fundamental, como el servicio y un gusto genuino por lo que vas a hacer, empieza la sensación de vacío que se alimenta cada día con la información sin contexto que se consume en redes sociales, de personas que hacen cosas aparentemente fáciles y les va muy bien. Empiezan las comparaciones y como no se tiene eso que otros tienen, vienen los cambios de trabajo que buscan esa anhelada felicidad, todo esto sin haber realizado una revisión interna que permita entender que posiblemente el problema no radica en los trabajos, sino en que los valores que les motivan no tienen un fin superior. Por ejemplo, un mesero se siente monótono y aburrido, si la única motivación es solo el dinero. En esa vibración la persona no ve que hay una inmensa oportunidad de sentirse pleno conociendo nuevas personas cada día, alegrándole el día a alguien con un saludo sonriente, aprendiendo de gastronomía, probando los platos de la carta y compartiendo sus nuevos conocimientos con los comensales (aunque suene muy optimista todo). Los meseros buenos son una joya, esos que se ganan la propina más generosa por sus acciones, los que saludan con una sonrisa y toman atenta nota para traer bien la orden. Aquellos que aportan valor con la calidad de su trabajo y vibran con la energía del servicio, lo hacen porque tienen una motivación superior al dinero para realizar su trabajo, pues no se trata solo de llenar sus bolsillos de propinas, sino de  valorar  y convertir en sueldo emocional las sonrisas y los gestos de agradecimiento de sus clientes (eso, acompañado de un pago y trato justo, digno y legal, por supuesto).   Metas duras a corto plazo Muchas veces las personas terminan haciendo algo que no les gusta mucho, ya sea porque no consiguen empleo en lo que quisieran, o porque el contexto así lo dictamina, y es ahí donde una herramienta importante es usar la gratitud como valor fundamental de automotivación  para desempeñar el trabajo con gusto, por más difícil o conformista que parezca. Si se tiene un trabajo temporal para pagar la educación, hay que pensar que gracias a este se obtienen los medios para estudiar y conseguir algo mejor en un futuro. Les aseguro que viéndolo con esos ojos, el trabajo ya no será más una cárcel, sino un medio para cumplir los sueños, porque efectivamente la idea no será quedarse ahí un largo tiempo. Si el trabajo sirve para suplir gastos y ayudar a la familia, hay que pensar que a través de este se puede tener una vida digna, darse gustos y hasta ayudar a los seres queridos. Si se ve de esta forma habrá una motivación superior, que permitirá dar lo mejor de sí en el trabajo (ojo, no se trata de conformarse o resignarse para siempre, se trata de fijarse metas temporales para salir adelante). Será una oportunidad para estrechar lazos con compañeros de trabajo, conocer acerca de la historia de la empresa, generar ideas de mejora, y hacer más de lo que se espera de nosotros, en lugar de pasar el tiempo pensando en que el trabajo es aburrido.   ¡No eres tú, soy yo! Si la rotación es constante, tal vez la responsabilidad no sea de los jefes, los compañeros, la carga laboral, la falta de retos o una remuneración inconsistente con los conocimientos , sino de aquel que cambia . Realicen esta autoevaluación:  
  • ¿Como están tus niveles de aceptación de la diferencia de pensamiento?
Tal vez el cambio debe venir de ustedes primero. Para triunfar en el mundo laboral y sentirse pleno en el trabajo, es necesario entender que nos vamos encontrar con muchas formas de pensar y de hacer las cosas, por lo que se hace necesario aprender a ser estratégicos en el trato con las personas para tener relaciones interpersonales, basadas en el respeto y la colaboración. Por eso es importante partir de esta premisa, “si quieres que el mundo cambie, empieza por ti”, acepta la diferencia.  
  • ¿Cuáles son las emociones que les gobiernan la mayor parte del tiempo? 
Si viven con la sensación de que el mundo es un lugar injusto, sienten que las personas les ofenden todo el tiempo y prefieren no interactuar con otros para no sufrir, busquen herramientas como el coaching, libros y conferencias inspiradoras que les lleven la autoconfianza, así nunca más se tomarán personal ni el más duro de los agravios, porque habrán fortalecido su autoestima profesional.  
  • ¿Qué tanto están haciendo para resaltar su trabajo? 
  Si se mueven constantemente porque no se dan reconocimiento o una remuneración adecuada pregúntense: ¿Qué estoy haciendo para lograrlo?,  recuerden que hay que trabajar en hacer un Networking de calidad, mantenerse actualizado y dar lo mejor de sí. Tal vez pueda estar tambaleando alguno de esos factores, sobre todo si esto se ha convertido en el patrón repetitivo que ha motivado sus renuncias. Para finalizar les recuerdo que la felicidad es una decisión (la mayoría de las veces), hagan que no dependa de lo externo, y que sólo dependa de ustedes y de la calidad de sus pensamientos, porque es ahí donde realmente tienen el poder de cambiarlo todo. ¿Cuál es su posición frente al trabajo? ¿Son felices en los suyos? ¡Les leemos!  

¿Por qué satanizamos ir a terapia?

Por: María Espinoza (Psicóloga con enfoque Clínico de género y diversidad, experta en TCA) La mayoría de personas en algún momento de la vida nos hemos enfrentado a la idea de ir a terapia, de buscar ayuda psicológica y preocuparnos por nuestra salud mental. Justo después llega el primer sentir alrededor de esa idea, EL MIEDO. Entonces ¿por qué satanizamos la terapia? Podría existir una respuesta a esto: desconocimiento Según el último estudio encontrado en la Estadística de Salud mental en Colombia- pandemia 2021 realizado por ASCOFAPSI (Asociación Colombiana de Facultades de Psicología): “Frente a la actividad de haber buscado ayuda de un profesional (psicólogo o terapeuta) en el mes de junio de 2021 se encontró que el 0,9% de los encuestados reportó haberlo hecho, de los cuales el 1,0% son mujeres y 0,7% son hombres […]”. Se evidencia que el porcentaje de búsqueda de ayuda profesional es significativamente bajo, reconociendo a las mujeres como la población que más busca este tipo de ayuda, lo cual se refuerza con la información también encontrada en la estadística:  “Con respecto al suicidio y de acuerdo con las Estadísticas Vitales son los hombres quienes más cometen este tipo de actos, por ejemplo, en el primer trimestre de 2021 presentaron tasas de suicidio 2,3  mientras que las tasas de las mujeres fueron 0,5 de suicidio”. Esta información nos abre una puerta bastante importante: la terapia aún es tabú, un tabú que cobra vidas y bajo el cual las personas aún sienten distintos miedos.  Mitos y Miedos frente a la terapia.  – “Tengo miedo de que mi privacidad quede expuesta.” – “¿Y si me juzga?” – “Me van a diagnosticar.” – “Es hablar con un extraño.” – “¿Y si dura de por vida?”- “Solo las personas con trastornos mentales deben ir al psicólogo.” Estas frases entre otras son las más conocidas y escuchadas alrededor de la idea de asumir un proceso terapéutico, por lo que se hace necesario resaltar que un psicólogo/a es un profesional en salud mental, que tiene las herramientas teóricas y experienciales para abordar y acompañar los procesos de terapia, por lo tanto y frente a la ética profesional ningún psicólogo/a, terapeuta o psiquiatra tiene el por qué revelar la información adquirida en las sesiones, es información personal y delicada, si esto sucede sin el consentimiento del consultante hay una falla en la ética profesional que puede llevar a procesos legales.  Por su parte el miedo de hablar con un extraño, de ser juzgado, de ser diagnosticado, generalmente surgen del desconocimiento o de las malas experiencias terapéuticas, y no vamos a negar, que lastimosamente uno de los factores que más influyen en la idea de ir al psicólogo es haber tenido una mala experiencia pasada, todos merecemos sentirnos seguros en terapia, sí, el sentir principal dentro de cualquier proceso terapéutico es ese, SEGURIDAD. La terapia es un proceso de salud mental en el que el profesional evaluará, dará herramientas e intervendrá la situación personal que requiera dicho acompañamiento, es decir, no es un requisito tener un trastorno para ir a terapia, ni tiene que durar toda la vida, somos seres humanos, las emociones son bastantes complejas, y a veces necesitamos una voz externa que nos acompañe en el camino.  Entonces ¿cómo elegir un buen terapeuta?  A la hora de elegir un psicólogo/a las recomendaciones y el voz a voz son importantes, el que alguien que conozco haya tenido una buena experiencia terapéutica abre la puerta a establecer contacto y dar el primer paso, pero… ¿Solo debo fijarme en eso? La respuesta es clara: NO. Te daremos algunos pasos a seguir para que la decisión sea la adecuada.  Primer Paso, Acreditación: Asegúrate de que el profesional tenga título certificado, tarjeta profesional y ninguna sanción legal, puedes averiguar con su nombre, cédula o número de tarjeta profesional en el Registro Único Nacional del Talento Humano en Salud (RETHUS). Segundo Paso, Experiencia: no es lo mismo un psicólogo/a con experiencia en niños y adolescentes, que unx con enfoque de género y diversidad, o unx que trabaje problemas de aprendizaje. Dependiendo de tus necesidades debes buscar cierta experiencia o que el psicólogo te asegure que puede abordar dicha temática.  Tercer Paso, Intervención: En la primera sesión el profesional debe explicar su forma de intervenir, proceso de evaluación, plan a seguir, duración aproximada, costos, compromisos y objetivos, la terapia jamás es un hablar por hablar.  Con estos tres pasos podemos ir con más certeza de que estamos siendo responsables con nosotrxs mismxs y que el proceso terapéutico puede iniciar por buen camino. ¡CONFÍA!  Por último, si ya estás en terapia, evaluar el progreso de la misma es muy necesario. Aquí te dejamos algunas red flags de terapia. 
  • “Me siento regañado y/o castigado”. La terapia tiene procesos de confrontación, validación de emociones o gestión de situaciones, pero en ninguna de estas técnicas de acompañamiento el profesional puede regañar o castigar. 
  • “Debo planear que sí contarle y que no contarle a mi psicólogo antes de ir a la sesión”. No necesitas filtrar la información, es importante en este caso cuestionar si no le cuento por miedo a asumir esa situación o por miedo a él como profesional. En los dos casos esto debe abordarse y no dejarlo pasar. 
  • “No estoy de acuerdo con su forma de intervenir, no siento avance”. Recuerda que el fin de toda terapia es el bienestar, el tener herramientas que puedas utilizar a diario para sentirte mejor, si hay un estancamiento terapéutico es importante abordarlo, comunicarlo y ver qué opciones se plantean al respecto. 
  • “La psicóloga tiene comportamientos que me hacen sentir inseguro/a o incomodo/a”. El profesional no es tu amigo, si bien se genera un espacio de confianza, cordialidad y empatía, esto no puede traspasar el ámbito terapéutico, los límites deben estar claros. 
  • “El psicólogo no me explica qué estamos trabajando”. Cualquier conversación terapéutica tiene un trasfondo teórico, necesitas explicaciones y estás en el derecho de pedirlas.
  • “Me siento culpada, re victimizada, invalidada”. SAL DE AHÍ, la confrontación terapéutica existe, pero jamás es violenta.
Aceptar que necesitamos ayuda nunca es fácil, pero es necesario. Reconocernos como seres humanos con emociones, dilemas y situaciones de vulnerabilidad solo demuestran la gran capacidad de transformación. El miedo a lo desconocido o nos paraliza, o nos obliga a avanzar. No tienes por qué poder con todo, no tienes por qué pasar por esto solo/a. Busca ayuda.  Instagram @mari.psico_  Wpp: 301 6919171   
Referencias Estadística de Salud mental en Colombia- pandemia 2021 – DANE https://ascofapsi.org.co/pdf/Noticias/Estad%C3%ADstica%20de%20Salud%20mental%20en%20Colombia-%20pandemia%202021%20.pdf 
   

El placer de viajar una experiencia única

  Por: Paola Sierra Neira @soypaolasierra Piensen por un momento que van aterrizando en ese lugar que siempre habían soñado visitar. Solo de pensarlo les produjo algo en el cuerpo, ¿o no? A eso que sintieron, hoy lo llamaremos placer, porque eso es justamente lo que producen los viajes: ¡PLA-CER! Así, con mayúsculas.  Viajar es el rey o mejor, LA REINA de los placeres. Cuando estamos en ese mood podemos experimentar otras cosas que nos generan satisfacción, como comer, ir de fiesta, probar nuevas cosas, conocer gente y otras culturas, practicar algún deporte conocido o desconocido, caminar, estar todo un día en una piscina o en la playa con la única preocupación de que si no nos tomamos la cerveza rápido se va a calentar.  La verdad es que uno sin darse cuenta puede volverse adicto a viajar, ¿y cómo no?, si es que más allá de las fotos para Instagram, los kilos de más, las anécdotas para contar, los viajes nos dejan muchos beneficios para nuestro cuerpo y mente, además de hacernos muy felices. Solo por mencionar algunos: 
  • Reducen el estrés y la ansiedad
  • Ayudan a enfrentar miedos
  • Recargan
  • Nos abre la mente y nos permite ver las cosas de otras maneras
  • Aumenta nuestra creatividad
  • Fortalece la salud mental y emocional
Esto no lo digo yo, lo dice la ciencia, pero puedo dar garantía de ello. Créanme, yo he hecho grandes cambios y tomado decisiones personales muy importantes después de regresar de viaje.  Viajar, un sinónimo de felicidad Es claro que placer y felicidad no son lo mismo, pero si hablamos de viajes podemos decir que tanto la dopamina, conocida como el neurotransmisor del placer, y la serotonina, la hormona de la felicidad, se vuelven las mejores amigas.  Un estudio de la Escuela de Medicina Virginia Tech Carilion de Estados Unidos, publicado en la Revista Neurona en 2020, reveló que estas hormonas pueden ir de la mano, y tienen funciones muy amplias en el sistema nervioso humano, tanto así que el aumento de su actividad en el cuerpo es terapéutico.  Efectivamente eso es lo que ocurre en mi cuerpo porque cuando estoy pensando en viajes siento cómo todo mi ser se pinta de un lindo atardecer frente al mar… bueno ya me puse muy poética. Sigamos.  También me genera ese vacío en el estómago que sentimos cuando estamos enamorados. Y ese recuerdo que tenemos de niños que no dormíamos la noche anterior a un paseo del colegio o viaje familiar, no es un solo un recuerdo, es un estado de ánimo porque nunca cambia. Díganme si eso no es felicidad, porque para mí sí lo es, y mucho. Es más, soy de esa, no sé si generación, pero sí grupo poblacional que prefiere invertir en experiencias que en cosas materiales. Y creo que es un bicho que picó a muchos después de los meses que tuvimos de encierro a causa de la pandemia. Además, no es de gratis que los destinos turísticos estén llenos en semana santa, vacaciones escolares y laborales, o un puente festivo, todos estamos buscando el mismo plan. Así sea visitar a los abuelos en el pueblo, siempre buscamos la manera de irnos de paseo solos, con amigos o en familia. Si el cuerpo le pide viajes, ¡dele viajes! Esto que les voy a revelar no está soportado por ningún estudio científico ni entidad autorizada, pero sí ha sido un testimonio muy recurrente en las personas que he conocido en los viajes.  “No puedo esperar más, ahora sí quiero conocer, viajar y darme esa oportunidad de probar cosas nuevas, vivir experiencias que usualmente no encuentro en mi entorno”.  ¡Qué maravilla! Amo escuchar eso porque así como me genera placer estar con una maleta al hombro, también lo siento cuando una persona se anima a hacer lo mismo.  Ahora sí viene la cifra oficial que soporta mi revelación: la reactivación del turismo creció más rápido de lo esperado. Según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo entre 2020 y 2021 hubo más de 10 millones de pasajeros adicionales viajando por las regiones, y el volumen de turistas extranjeros aumentó cuatro veces los dos primeros meses del 2022.  Estoy casi segura (puedo estar equivocada) que entre esos nuevos 10 millones de pasajeros un gran porcentaje son los del testimonio que les conté y de los que aprovechamos el teletrabajo para empacar lo básico y salir a explorar.  Sin lugar a dudas viajar nos marca y es uno de los más grandes placeres de la vida, es terapéutico, ¡se los juro!  Si quieren celebrar, viajen; si están entusados, viajen; si están cansados de la monotonía, viajen; si se sienten tristes, viajen; si quieren conocer amigos, viajen; si quieren encontrar el amor de su vida, viajen (bueno, este tal vez no se los aseguro tanto). No olviden que viajar es la REINA de los placeres.  Momentos en el viaje que dan máximo placer  Ya les hablé de lo delicioso que es viajar, lejos, cerca, fuera del país… En fin. Ya para cerrar quiero compartirles esos momentos de un viaje en los que la dopamina del cuerpo está trabajando fuertemente:      Cuando… 
  • Ya se tiene elegido el destino y se imaginan en el lugar.
  • Se compra el vuelo y llega el tiquete al correo. 
  • Despega el avión o arranca el bus.
  • Empiezan a probar los platos y sabores del sitio.
  • Recorrer los lugares. 
  • Estar justo en el lugar que anhela conocer (recuerdo cuando vi la ciudadela de Machu Picchu en Perú y los cerros de Mavacure en Guainía).
  • Si es playa, cuando piden la primera cerveza fría y se sientan a mirar el mar.
  • Les duelen los pies de tanto caminar. Sí es raro, pero es un dolor placentero. Como cuando uno se tatúa. 
Podría quedarme mencionando un montón, pero ya debo irme a planear mi próximo viaje, que a todas estás, voy a sellar pasaporte: ¡Qué vaina tan placentera!.

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