Autor: Diego

Del workaholismo al tiempo de ocio. ¿Por qué sentimos que descansar está mal?

Por: Mariana Ordoñez

En el mundo de la inmediatez, donde todo tiene que estar terminado para ayer, nace por allá en 1968 a través de una imprenta la palabra workaholic. Asimismo, se populariza rápidamente gracias al libro Confessions of a workaholic del psicólogo y educador estadounidense Wayne Oates. Pero más allá de investigar a fondo su procedencia, esta vez quiero hacer énfasis en la normalización que existe hoy en día respecto al término y en cómo está relacionado con el tiempo de ocio.

Ya sea porque llegó a nosotrxs por medio de las redes sociales, o en un podcast de autoyauda o, por qué no, a través de un horóscopo capricorniano, referirnos a otra persona e incluso a nosotrxs mismxs como workaholics en tono humorístico es tan solo el reflejo de la siguiente afirmación: el trabajo constituye el centro de nuestra vida, tanto así, que identificarnos como adictos a él no es considerado algo preocupante.

Simplemente forma parte de un rasgo de nuestra personalidad y, como dicen por ahí, lxs que sufrimos la adicción deberíamos -por el contrario- sentirnos orgullosxs. Todo esto responde entonces a la pregunta que me planteé por más de 3 años durante todas las noches que no pude dormir debido a mi ansiedad: ¿por qué sentimos que descansar está mal?

 

Hace un par de días escuché en un live realizado por dos filósofos mexicanos muy jóvenes que Aristóteles decía: “trabajamos para poder tener ocio”. Luego se remontaban a la etimología de la palabra “negocio” la cual deriva de las palabras del latín “nec” y “otium”, es decir, “lo que no es ocio”.

Justo en ese momento pensé en lo irónico que es el hecho de que los seres humanos pasamos la mayor parte de nuestra vida buscando el equilibrio entre dos palabras que se contradicen. Trabajamos duro, durísimo para ganarnos la papa, nos levantamos cada día casi que en modo avión a repetir nuestra rutina: de la casa a la oficina, trancón de quién sabe cuánto tiempo (y peor cuando es trancón de transmilenios) una hora de almuerzo en donde TikTok o Instagram se convierten en nuestros mejores amigos, una selfie con el hashtag #workinprogress para demostrar que somos mega productivxs, más trabajo y un trancón vuelta a casa en donde los pensamientos se vuelven más lentos, el cansancio nos pone irritables y ojalá que no esté lloviendo, porque ahí sí el día (por lo menos para quienes vivimos en Bogotá) termina de volverse 100% insoportable.

TODO esto para fantasear con el viajecito de fin de año, la boleta del próximo concierto, el poder invitar a comer a un lugar bonito a nuestra familia, el regalo de un home shower, el programa de yoga, el mejor vaporizador, el curso de ley de atracción, los productos de skincare y millones de planes más que anotamos en nuestro Google calendar o en nuestras libretas súper mainstreams llenas de colores y afirmaciones para manifestar el descanso que sabemos muy bien nos merecemos. Dicen que el ocio es “cultivarse a unx mismx” y eso es justamente en lo que muchxs buscamos hoy en día invertir nuestro dinero trabajado con sudor, lágrimas y mucho, muchísimo café.

 

Soy también supremamente consciente de que hablo desde un lugar bastante privilegiado. Porque, seamos honestxs, el ocio también es un privilegio. Sin embargo y en este caso, no puedo hablar desde un lugar de enunciación que no sea el mío, así que, si le interesa y se siente identificadx, bienvenidx sea.

Respondiendo entonces a la pregunta que me hacía en las noches, podría decir que sentimos que descansar está mal porque no ser productivxs también nos aleja de nuestro tiempo de ocio. ¿Descansar es perder tiempo y, por ende, perder plata? Porque es que si no hay trabajo: adiós viajes, adiós conciertos, adiós gym, adiós restaurante… adiós tiempo para nosotrxs mismxs. Entonces, es así como la relación entre ocio y productividad se convierte en un símbolo infinito, en donde sin lo uno no existe lo otro. Percibimos los días cada vez más cortos y atesoramos nuestros hobbies, los ponemos en un pedestal y rogamos para que no se conviertan en un sueño frustrado por culpa del poco tiempo.

Recuerdo que la última vez que renuncié a un trabajo de una “gran” empresa tuve una discusión con un familiar: él me decía que le preocupaba mi estabilidad, que no entendía por qué lxs jóvenes de hoy en día nos la pasábamos “brincando” de trabajo en trabajo, que en su época era muy diferente y que él trabajó más de 30 años en el mismo lugar y nunca se quejó. Que lxs colombianxs habíamos nacido para guerrearla, para luchar.

 

 

Yo le respondí que claro que lo entendía pues trabajo desde muy joven para ganarme mis cosas. Sin embargo, a lo largo del camino que elegí, entendí que no vinimos al mundo solo a luchar y guerrearla, también vinimos a ser felices; y tener tiempo para unx mismx definitivamente hace parte de esa felicidad.

Y es que según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), para el 2020, se encontró que Colombia es el país donde más se trabaja con un promedio de 48 horas laborales a la semana por persona, siendo que en Latinoamérica la media oscila en 20 horas semanales.

Es decir, lxs colombianxs sufrimos de un mal llamado “pobreza de tiempo”: las 168 horas de la semana no alcanzan para trabajar, desplazarnos, cuidar el hogar, criar a lxs hijxs, cocinar, hacer ejercicio, cuidar nuestra salud mental y dedicar tiempo a nuestrxs seres queridxs.

 ¿Qué podemos hacer entonces al respecto? Amaría tener una respuesta objetiva, por ahora me despido recomendando hacer cualquier cosa que nos guste con el único fin de poner la mente en otro lugar que no sean las responsabilidades, al menos 30 minutos al día. Si invertimos toda nuestra energía en trabajar, cultivarnos a nosotrxs mismxs jamás debería sentirse mal.

 


El fútbol como religión

Por: Mariana Ordoñez

El fútbol, sin lugar a dudas, es un deporte que mueve almas, pasiones y egos de miles de personas alrededor del planeta (sin hacer énfasis en la cantidad de dinero y corrupción que también está en constante movimiento desde hace muchísimo tiempo, pero esto se lo dejo mejor a Netflix en su serie FIFA Uncovered (2022)). 

Y aunque el tema principal de este artículo no será Qatar, no puedo dejar de lado el hecho de que la muerte de más de 6.500 inmigrantes trabajadores en la construcción de estadios para el Mundial junto con la censura, la misoginia, el estricto código de vestimenta, la cohibición del derecho a la libre expresión, la homofobia y muchas otras reglas atroces sean aún hoy en día temas secundarios comparados con la diversión y la pasión por el espectáculo. 

Sin embargo, este deporte es la pieza del rompecabezas que nos hacía falta para sentirnos completxs, es la alegría que des-automatiza la cotidianidad y nos ayuda a vivir el presente, es un ritual en el que soltamos nuestras penas y nos esperanzamos de nuevo. Tanto en el barrio como en la Champions, tanto para quienes lo jugamos como para quienes lo celebramos, este deporte nos conecta con nuestrx niñx interior, nos da la capacidad del asombro, nos hace vulnerables e invencibles al mismo tiempo.

El fútbol, como la religión, mueve masas, afirma identidades y nos hace sentirnos parte de algo, nos muestra la importancia de la unión y lo colectivo, nos impulsa a recobrar la fe que en algún momento perdimos en este mundo terrenal a causa del tedio, las necesidades y la incertidumbre. Pero no por eso deja de estar dentro de la esfera del fanatismo y puede llegar a convertirse en una fuerza de poder incontrolable.

La iglesia Maradoniana, un culto al dios del fútbol

“La diferencia entre Maradona y Dios es que de Maradona hay pruebas de que existe” son las palabras que regala a la cámara- en el documental de Vice La Iglesia de Maradona en Argentina – Miscelánea (2018)- Walter Rotundo, miembro de la Iglesia Maradoniana y padre de dos hijas gemelas a quienes bautizó “Mara” y “Dona” como símbolo de devoción a su Dios Diego Armando. La iglesia, fundada el 30 de octubre de 1998 en la ciudad de Rosario, Argentina, es un espacio en el que sus fundadores Hernán Amez y Alejandro Verón logran mantener la pasión y la importancia que tiene para los feligreses la figura de Maradona (nombrada como D10S, del tetragramatón YHWH (yo soy el que soy), resultado de la fusión entre “dios” y el número 10). A su vez, la cronología de la iglesia se remonta al 30 de octubre de 1960 y se conoce como “d.D” (después de Diego).

 

Por más absurdo que pueda parecer a muchxs, la iglesia ha tenido una expansión importante en distintos países como España, Estados Unidos, Italia, Chile, México, Brasil, Escocia, Japón, Alemania (solo por nombrar algunos) y se dice que cuenta con más de 500.000 seguidores que aún hoy en día profesan su legado entre hijos, familiares, cónyuges y amigos.

Y por nada del mundo podemos dejar de lado la importancia de los 10 mandamientos, en donde “La pelota no se mancha, como dijo D10S en su homenaje”, “Difundir los milagros de Diego en todo el universo.”, “Honrar los templos donde predicó y sus mantos sagrados” y “Llevar Diego como segundo nombre y ponérselo a tu hijo” son tan solo algunas de las afirmaciones que deben repetirse y que seguro unx que otrx seguidor tiene tatuado en alguna parte del cuerpo.

Y como oración en el hogar antes de ir a dormir, este “Padre Nuestro” bajo la figura no de Jesús crucificado, sino de un Diego Armando sosteniendo muy sonriente una pelota:

         Diego nuestro que estás en la tierra,

         santificada sea tu zurda,

         venga a nosotros tu magia,

         háganse tus goles recordar,

         así en la tierra como en el cielo,

         danos hoy una alegría en este día

         y perdona aquellos periodistas

         así como nosotros perdonamos a la mafia napolitana.

         No nos dejes manchar la pelota y líbranos de Havelange…

         Diego.

Los juegos olímpicos fueron creados en el mundo griego en honor a los dioses. Todo un espectáculo en el que se admiraba al deportista por su cuerpo escultural y su pureza de alma, dos factores que, al unirse, convertían al atleta en lo más parecido a una deidad posible.

La cosa es que Diego no es considerado hoy en día como un cuerpo que representa a Dios, sino como un dios en sí mismo. Según Nelson Castro, presentador de televisión, médico y escritor del libro La salud de Diego. La verdadera historia (2021) el corazón de Maradona tuvo que ser removido de su cuerpo antes del entierro para evitar que fanáticos y seguidores de las barras bravas lo saquearan en su tumba luego de que se destapara el escándalo de sus crímenes contra varias niñas y mujeres.   

Sus incontables comportamientos misóginos acompañados de frases como “Si tú quieres hacer una nota con tu mujer, me parece bien, pero que tu mujer empiece a hablar de fútbol, de tácticas, de que tenía que jugar este o el otro…¡No hermano!”; sus abusos, sus adicciones; sus trampas en la cancha (como la famosa “mano de Dios”, jugada que llevó a Argentina a ganar en el mundial de 1986) y todos sus pecados en la tierra pasan entonces a un segundo plano, se borran de las memorias tal cual como suele suceder en algunas conversaciones sobre la inquisición o el abuso del poder a través de los años por parte de la iglesia.

La cancha como templo 

Por otro lado, y omitiendo el sinsabor que he tenido durante años por la industria, la experiencia de ir a un partido de fútbol, para mí, también puede ser completamente mística. Ya sea en el barrio o en el estadio, todos los preparativos forman parte de un mismo ritual, tanto si se va a jugar como si se va de espectador. Es un espectáculo catártico para soltar nuestra mi3rd4.

 

Todo comienza con ponerse la camiseta y unos buenos zapatos, pero no para ir a misa, no señor, esta vez depositamos la fe en la pelota. Las luces encendidas alumbran desde el más allá a quienes están en el centro, jugadores y espectadores nos damos la bendición, nos persignamos y enviamos un beso al cielo para que la energía sagrada nos proteja.

Si tenemos un vinito, carne o papas para picar y unas buenas polas compartiremos y brindaremos juntxs como familia la abundancia que nos rodea. Ya en marcha el partido, comienzan las barras, que como coros (esta vez, para nada angelicales) impulsan a su equipo a ganar e intimidan al contrincante, esto como una gran metáfora de la vida, en donde las emociones nos dominan y pasado y futuro se desvanecen para dar lugar a la experiencia del instante único y presente.

 Todos nuestros problemas, nuestros miedos y preocupaciones se esfuman de nuestra mente; el tiempo se estira, nuestra percepción frente al universo cambia como si formáramos parte de una meditación colectiva en donde el alma se despega de nuestro cuerpo gracias a la adrenalina y a nuestras confesiones de grito herido. Al primer gol nos damos la paz, pero no con la mano, esta vez con un abrazo que rompe costillas y nos recuerda que nuestros pecados, al menos por 90 minutos, serán absueltos gracias a la emoción del momento.

“El fútbol es la única religión que no tiene ateos” profesó Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra (1995). Ojalá y más bien fuera “(…) la única religión que no tiene muertes”. Pero por hoy prefiero recordarlo como un legado que llegó a nuestras vidas para transformarlas positivamente y mover pasiones escondidas.


Las tetas y el esfuerzo de aceptarlas

Por: Mariana Ordoñez

Todas nos hemos cuestionado en algún momento de nuestras vidas el tamaño, forma y color de nuestras tetas. ¿Son demasiado oscuras, demasiado claras? ¿Limones o melones? ¿Lisas o arrugadas? ¿Serán adecuadas para el vestido strapless o el crop top que está de moda? ¿Está mal que se vean las estrías en el bikini que compré para el viaje que tanto tiempo llevo esperando? ¿La persona que me gusta notará por este bralette que tengo un pezón más grande que otro? Es un hecho que hoy en día las mujeres nos esforzamos cada vez más por aceptarlas tal cual son, ya sea porque existe una red de sororidad que incluye a distintas influencers, activistas, médicas y psicólogas que nos impulsan a amarlas y a reflexionar sobre la importancia de sentirnos cómodas con nuestro cuerpo, o porque simplemente tiramos la toalla y entendimos que cumplir con un canon de belleza establecido es absurdo e imposible. Pero ahí está el punto: aún sigue siendo un esfuerzo.

 

Barrido histórico. La moda y las tetas.

 

Si visualizamos una línea de tiempo (y dejamos de lado el hecho de que no soy historiadora) podemos ver cómo a través de los años la apreciación de las tetas ha mutado considerablemente. En la Edad Media las mujeres solían casarse a los catorce años de edad. Asimismo, el atractivo de sus senos se centraba en que fueran pequeños, tal y como predicó Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en el Libro de buen amor (1330-1343) donde su discurso incluía una extensa descripción del deber ser en los rasgos femeninos: lo diminuto era sinónimo de armonía. Luego viene el Renacimiento, donde los artistas se desligaron de ciertos valores religiosos para exaltar la anatomía, belleza y naturaleza humana. Un ejemplo de esto es La Fornarina (1520), en donde el artista italiano Rafael Sanzio retrató los senos descubiertos de la modelo romana Margherita Luti, resaltando su palidez y forma de manera sensual.

 

Ya en el Barroco, la pomposidad y el escote se impuso como moda en los vestidos, donde el corsé levantaba el busto y resaltaba su tamaño. Posteriormente, el Romanticismo tuvo un giro importante, en donde la belleza y lo grotesco entraban en un debate constante. La naturaleza pluriforme tomó un papel predominante y los pechos se convirtieron en un acto político y de libertad como bien expuso Delacroix en su famoso óleo La libertad guiando al pueblo (1830). 

Tantos cambios, tantas perspectivas, tantas formas de admirar, estudiar y analizar las tetas. Pero la vaina hasta ahora comienza…¿qué decir de la llegada del siglo XX con sus miles de transiciones e imposiciones a la hora de re-pensar el valor de las chichis? 

Los años veinte con Coco Chanel y sus modelos planas y elegantes, los treintas con sus trajes de cuello alto, donde debes ocultarlas, pero a la vez está bien mostrarlas, pero sólo de manera sutil y si vistes elegante. Y pasemos a los cuarentas, donde debemos ser fieles y servir siempre a nuestros maridos, estamos en guerra, no es momento para estar mostrando las tetas, a menos que seas la Mujer Maravilla o Cat Woman, o una chica pin-up en el poster preciado de un soldado que necesita un amuleto de suerte, un motivo para llegar a casa. ¿Acaso eres una superheroína?

Pero sigamos bajando la censura, vámonos a 1950, donde tu ideal de belleza sí o sí debe ser la “rubia explosiva”, Marilyn Monroe, ahora por fin tus caderas anchas y tetas voluminosas llamarán la atención. Las podrás ver en las revistas, tendrás el impulso para verte siempre sexy. Pero ojo, de nuevo, solo para tu marido. No sea que te confundan con la chica del burdel. Y vámonos a los sesentas, los setentas, los ochentas, donde podrás usar ropa más cómoda, hasta sin brasier, pero procura verte siempre delgada, sin enfermarte, debes verte sana. Tus tetas serán un acto revolucionario, pero hasta un punto, pues los límites igual serán impuestos por los hombres, si vas a Woodstock podrás mostrarlas solo por un instante, antes que miles de manos desconocidas aprovechen el momento perfecto para tocarlas. 

Y así podríamos seguir por el siglo XXl: tetas grandes y voluminosas en el porno, tetas operadas, tetas en las pancartas, tetas en tus artistas favoritas, tetas en publicidad, en moda, en música, en comida…y al final, tetas para nunca entender cómo deben lucir realmente unas buenas tetas. 

Mis tetas las acepto yo 

Recuerdo la primera vez que alguien habló sobre las tetas de una compañera en el colegio. Estábamos en el salón, tendríamos 12 años, cuando uno de los chicos guapos del grupo exclamó: “¡Esa vieja tiene unas tetas riquísimas!”. Al instante pensé en las mías y le pregunté: “¿Cómo así riquísimas?”, a lo que él respondió: “sí, como blanquitas, redondas, ni muy grandes ni muy pequeñas. Como suavecitas…perfectas”. 

Ese día llegué del colegio a mi casa directamente a mirarme las tetas en el espejo. Eran blancas, suaves y cabían en mi mano. Pero noté que una era ligeramente más pequeña que la otra y me asusté. ¿Será que algún día alguien lo notaría? Inmediatamente comencé a imaginarme las tetas de mis amigas, pensando inocentemente si entrarían dentro de la descripción lanzada por mi compañero. Desde ese momento de mi vida comencé a cuestionarme si tanto las niñas que me rodeaban como yo, encajábamos en ese ideal de “tetas perfectas”. 

 

A través del tiempo y cuando fui creciendo viví miles de momentos de agrado y desagrado hacia ellas. Desde querer mostrarlas en un vestido sexy para una fiesta, hasta querer esconderlas en el transmilenio o en una entrevista de trabajo para no “llamar de más la atención”. Luego de innumerables experiencias traumáticas, terapias psicológicas y muchas, pero muchas conversaciones con amigas, logré vislumbrar una pequeña luz en el camino, y entendí que mis tetas no las acepta el arte, la moda, la publicidad, mi familia o incluso mi pareja. Mis tetas las acepto yo. 

Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, en Colombia se han practicado desde el año 2020 más de 366.000 procedimientos estéticos, siendo el aumento de senos uno de los más buscados. En el 2017, el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses dictaminó que las muertes en cirugías estéticas hasta el año anterior habían sido 30, de las cuales 21 eran mujeres. 

¿Cuál será la cifra hasta el día de hoy? Aún no lo sabemos. Miles de mujeres nos debatimos constantemente entre el ideal de belleza que nos impone la sociedad y la belleza multiforme, donde no debería existir un espacio de clasificación y encasillamiento. Lo que sí sabemos, es que existimos cada vez más mujeres que nos unimos a una búsqueda colectiva e individual de entender y aceptar nuestras tetas tal cual son: con sus formas, sus colores, sus texturas y sus miles de transformaciones. Y que aunque el esfuerzo de aceptarlas definitivamente no es ni será un proceso lineal, al final son solo nuestras y solo nosotras decidimos qué hacer con ellas. 



Cuestiones sobre tener hijos.

Por Santiago Rivas

Tener o no tener hijos es una tremenda decisión. Siempre lo ha sido y, curiosamente, es algo que también durante años parece que dimos por sentado. Tiene consecuencias en todos los niveles, desde el tiempo libre hasta el ritmo de gastos de la vida. 

Con el paso de los siglos se ha convertido en una decisión más compleja, gracias a cierta hermosa obstinación que nos hace, aunque siempre traten de evitarnos la fatiga, cuestionar lo que está establecido. Es decir, las generaciones actuales todavía crecieron educados sobre la base de que el destino de todo el mundo es reproducirse, porque solo así existe ese legado del que tanto se habla.

Es la cuestión existencial por excelencia

Lo es, porque tiene que ver con nosotros mismos. Esa idea de la memoria, la perpetuación de los genes, es una locura. Al comienzo era fundamental, porque de eso dependía la supervivencia de la especie, y ese instinto aún lo tenemos. Es natural que la gente quiera tener hijos. No es una traición al planeta, al feminismo, a tu complejo de Peter Pan o tu vida de soltero fiestero, tampoco es una traición a tu puta agencia (por decir una empresa al azar, obvio) que te obliga a trabajar treinta y seis horas seguidas en nombre de “la milla extra” o quién sabe qué tontería.

Es la decisión de género del momento

Es trascendental, porque no es igual para mujeres que para hombres. Nos obliga a hablar desde nuestro lado y a poner de nuestra parte. A escuchar y pensar si entendemos los procesos que se van a surtir en el otro, en la otra, en el otre. Obviamente es mucho más duro para las mujeres. No es solo el dolor, que ya está por encima de lo que cualquier hombre podría soportar en cualquier circunstancia, sino la aparente obligación de la entrega incondicional, que de no serlo, estará matizada por la culpa. 

La asignación dogmática y violenta de los roles de género, la depresión post parto, la angustia de no sentir conexión alguna con le hije al frente, la sensación de confinamiento que trae consigo. Las cuestiones de libertad que contiene y que conecta, la influencia que tiene en la sexualidad (por su pérdida o aplazamiento) hacen que sea un tema de principio a fin ligado a todo lo que está envuelto en la vida moderna y que sigue golpeando especialmente a las mujeres. Solo con el dolor, natural o quirúrgicamente inducido, la violencia obstétrica y la negativa de muechas sociedades a despenalizar el aborto y garantizar su acceso libre, traen consecuencias nefastas para nuestra manera de entender el hecho de tener progenie y familia. 

Para los hombres es más fácil, pero al mismo tiempo trae unos retos muy grandes, porque el machismo hace sufrir también a los hombres. El primero tal vez sea la sensación de responsabilidad, que no estamos (al menos mi generación) acostumbrados a afrontar. No me refiero a proveer, sino a estar ahí, presente, a cuidar y pensárselo en el día a día, ponerle el pecho y la cabeza. Al principio el amor, la relación directa hormonal, suple el impulso necesario, pero rápidamente un hombre puede irse desconectando de ese deber, sobre todo, y este es el segundo reto, por una sensación constante de ineptitud y de culpa. Se puede solucionar, solo afrontando de frente la decisión que uno tome. 

 

Es la cuestión afectiva del momento

El asunto con las relaciones de pareja y la forma en que se supone que se solidifican, solo para empezar a resquebrajarse, hace que esta sea una decisión clave en la vida de quienes verdaderamente se aman. Muchas diferencias hasta el momento ocultas afloran cuando dos personas deciden procrear. La relación con la comida, los modales, la autoridad, los gustos, la enfermedad, empiezan a inmiscuirse en las conversaciones diarias y pueden volverse barreras insalvables si uno no cuida sus propias neurosis y obstinaciones y todo esto está desatado por una persona que no tiene la culpa, que no debería sufrir ninguna de las consecuencias de nuestras cuestiones neuróticas y preguntas acechantes.

Y claro, el sexo. Por un tiempo simplemente se suspende y obviamente puede volver, pero la relación de las personas con su intimidad cambia, de la misma forma que su relación con el propio cuerpo. El ruido, el contacto, el dolor, las cosas que se ven y se viven, transforman completamente los entornos afectivos. No es simplemente la ola de amor que se siente, no es simplemente el afecto y el cariño y el cuidado, tan bellos en abstracto, tan difíciles en concreto y sobre todo, tan complejos. Tener hijos es una cuestión crucial y de esa manera, es una cuestión compleja.

 

Es la cuestión económica del momento

Es una cuestión macro y microeconómica, tener hijos (o no). Micro, porque es un costo tras otro, porque desde el embarazo y las clases, las citas, los viajes, las adaptaciones, todas las cosas cuestan plata que la gente antes destinaba a otras cosas, las que fuera. Luego, esa plata empieza a ser más plata y empieza a destinarse a todo tipo de productos nuevos, pañales (incluso los reutilizables, que los hay muy buenos), ropa y zapatos. Hay formas de economizar en eso, pero en un sistema educativo tan precario como el colombiano, quien pueda va a optar por enviar a sus hijes a un colegio bueno y los públicos de alta calidad, lastimosamente, son rapados por lo raros, por lo que empiezan a pesar cuestiones de todo tipo en materia económica y esa es una cartera dura. La vivienda cambia, los doctores cuestan, los remedios, todo. En un país empobrecido es importante siempre pensar en lo que vale, pero también en lo que implica políticamente, lo que nosotros debemos, en nombre de les hijes que ya nacieron y les que no han nacido, que todo cambie. Incluso que se derrumbe todo, porque necesitamos mejor vida para esos hijos.

Por lo tanto, es una cuestión macro. Porque somos mucha gente y cada vez más, y por eso sentimos la urgencia de parar e incluso en términos de crecimiento poblacional, la decisión individual de tener o no una progenie tiene un impacto global. El costo de las cosas, la cantidad de cosas a disposición. 

El espacio, los espacios que se supone que habría que empezar a ocupar. Los hijos y los sistemas de gobierno, desde el capitalismo que empobrece a muchísima gente pero igual les vende producto tras producto para la maternopaternidad y para el cuidado de bebé y para poner bonite a bebé y etc., etc., hasta el comunismo chino que logró por años mantener a raya el crecimiento desmedido de su inmensa población, pero está empezando a darle otra vez espacio a un segundo hijo por familia. ¿Vale la pena justificar la restricción poblacional? ¿Se justifica? Es posible, y por eso es tremendo asunto, que no solamente tiene que ver con lo económico, o que teniendo que ver con lo económico, directamente empieza a impactar nuestros modelos productivos. Cuando pensamos en tener familia, pensamos en darle a cada hijo o hija una vida mejor a la que tuvimos, pero es claramente imposible para la gran mayoría de las personas. El mundo ha mejorado en algunos aspectos, pero no es suficiente. El problema es que no hemos encontrado el modelo que nos permita crecer sin llevarnos todo a nuestro paso y, por lo tanto…

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Es la cuestión ambiental del momento

Tener hijos se ha vuelto la cuestión ambiental por excelencia. Con todos los matices que eso conlleva. Primero, porque traer hijos a este mundo de mierda a que sufran la crisis climática y las tormentas, el calentamiento global y las crisis alimentarias es una canallada y hace ver el acto de procrear como un capricho del ego, una vanidad de quien quiere verse en una personita que llegó a presenciar el apocalipsis.

Segundo, porque cada nuevo hijo o hija requiere de alimentos, manutención, cuna, ropa, zapatos, pañales. Materias primas y muchísimo plástico, más agua para bañarse, rellenos sanitarios o algún lado donde apiñar millones de millones de pañales cagados en todo el mundo que el capitalismo está siempre dispuesto a ofrecer, pero por los que nunca responderá. Y encima esa parranda de pelotudos haciendo revelaciones de género que cuestan más plata y nos llenan de ira y desasosiego que, lo crean o no, son también un indicador ambiental, porque por instinto deberíamos ser la primera especie en cuidarnos y sentir que las cosas no valen la pena trae consecuencias directas en nuestra forma de comportarnos, que afectan al planeta entero. Es a ese precio, llaves. 

Hasta ahora, los sistemas de herencias no han sido suficientes para combatir el rutilante brillo de las cosas nuevas que podríamos tener y en este mundo miserable hasta ser sostenible cuesta y solo puede hacerse desde el privilegio. Solamente gente que tenga tiempo y comida puede ponerse a pensar en los sistemas agroecológicos en los que se cultiva cada uno de los huevos que se comen sus hijes. No quiere decir que debamos abandonar la idea de mejorar los hábitos de consumo, sino que debemos rápidamente encontrar una fórmula que nos permita gestionar nuestra vida como especie, de manera que no nos extingamos y paradójicamente todo está involucrado en el proceso de decidir si uno se reproduce o no.

Es la cuestión más estúpida del momento

Entonces es crucial, pero es al tiempo la cuestión más estúpida. Es imposible de discutir, o se puede discutir, pero, pese a lo que cree Héctor Abad, no hay acuerdo en que dejar de reproducirse sea la mejor respuesta a la crisis ambiental que está a las puertas. Claro que impacta el crecimiento demográfico, pero la reproducción también hace parte de nuestras vidas y, de paso, se ha utilizado ese argumento bobo de “intincis dijin di tinir hijis” para evitarnos dar una conversación a fondo sobre nuestros sistemas y modelos económicos, sobre injusticia social y ambiental, sobre redistribución del ingreso y sobre el hecho miserable e inexplicable de que vivir cueste puta plata, cuando el planeta es de la especie, no del malparido sistema que hace que tengamos que pagar para comer comida y beber agua. 

De hecho, si existe un acuerdo, precisamente está en que la mejor manera de frenar la explosión demográfica es mejorando el nivel de vida de la gente más pobre, que en Colombia es demasiada. Le reprochamos a la gente tener hijes, para evitarnos hablar sobre lo importante que es redistribuir el ingreso y garantizar una salud reproductiva y educación sexual al alcance de toda la gente, empezando por la posibilidad de abortar, que mucha gente seguirá sin tomar. Las libertades no están hechas sobre el mandato de ejercerlas siempre y ante cualquier situación.

Pero además, es una cuestión sumamente estúpida, porque nadie ha logrado frenar que nos reproduzcamos. No vale tener la razón, no importan las cifras ni el bolsillo. Es verdad que implica unas enormes responsabilidades, empezando por la de saber lo que hacemos, si queremos o no, o si estamos queriendo porque naturalmente nuestro cuerpo nos empuja a ello y no porque nosotros en realidad lo queremos así. Sobre todo, saber si estamos preparados, si entendemos hasta qué punto nunca lo vamos a estar,  o si vamos a dejar que la vida nos prepare a las patadas. Sin importar lo que uno escoja o el universo escoja por uno, va a estar bien. Eso, sin embargo, no nos exime de nuestra obligación de afrontarlo con responsabilidad y echarle cabeza, de pensar en el planeta, pero también, al mismo tiempo y con la misma intensidad, en esa persona que uno va a traer acá el mundo, a clavarle, si no se fija, todos sus traumas familiares, todas sus heridas y, encima, una crisis climática.

 

 

Los placeres de llegar a cierta edad

 

Por: Camilo Jiménez Estrada

Director de Bacánika y de Bienestar Colsanitas.

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Llegar a cierta edad tiene ventajas y desventajas, como sucede con cualquier edad. La clave para uno disfrutar el momento en que se llega a cierta edad es aceptar el hecho, apropiarse de esa etapa de la vida. No pelear contra eso. Parece una obviedad, pero no lo es: todos hemos visto por ahí a personas que se resisten a llegar a cierta edad. Que no lo aceptan. Señores que actúan como muchachos, señoras que viven como cuando tenían 19. 

Son esos señores que hacen una torpe gambeta frente al equipo de fútbol de su hijo, o, guácala, le coquetean a las compañeras de universidad de la hija. Es la tía que en las novenas parcha con los sobrinos y le echa el ojo al amigo guapo del primo. Es eso que antes llamábamos “cucho sollao” o “cuchibarbie”. Al llegar a cierta edad hay que evitar a toda costa convertirse en “cucho sollao”. O al menos eso creo yo. 

Ahora bien, ¿cuándo se llega a “cierta edad”? Es difícil precisarlo, pero según mis observaciones sucede en algún momento entre los 46 y los 55. A ver. A los 40 uno todavía aguanta, literal y metafóricamente hablando. Pero hacia los 45 la vida empieza a pesar un poquito más y se comienza a notar esa cierta edad, tanto por dentro como por fuera. 

 

 

Conversando con un amigo mayor y sabio, le dije que a partir de los cincuenta me habían empezado a aparecer un montón de problemitas pendejos —y serios— de salud; como que sentía que todas las semanas llegaba algo nuevo que me hacía consultar al médico o al doctor Google: un dolorcito, una mancha, una molestia, un miedo… Mi amigo sabio y mayor me contestó con esta verdad: “a partir de los 50 uno paga TODO. Todo lo que hizo y todo lo que no hizo”. Hizo énfasis en todos los “todo”.  

Esas molestias físicas y a veces metafísicas son las desventajas de llegar a cierta edad. Si uno las asume con humor y buen tono y las enfrenta de manera sensata, puede dedicarse a disfrutar de los placeres que tiene llegar a cierta edad. Que son intensos e inmensos y que podemos reunir en dos, para no hacer de esto un tratado. 

 

 

El primero sin dudas es que sabes exactamente qué te gusta y qué no, y actúas en consecuencia. Esto aplica para las drogas y para los zapatos, en la mesa y en la cama. A veces en la vida uno sabe que algo no le gusta, pero no actúa en consecuencia. O toma una decisión frente a algo que cree que le gusta, y después resulta que no le gustaba tanto, que se dejó deslumbrar por las apariencias. Saber exactamente qué te gusta y qué no, y actuar en consecuencia, te ahorra mucha energía. Y tiempo. Y dinero. Y dolor. Pero eso solo se sabe y se aplica cuando uno llega a cierta edad. 

El segundo tiene algo que ver con el anterior, y para decirlo fácil, es que aprendes a decir que no, y usas ese aprendizaje en todo momento y circunstancia que puedas. A cierta edad dices “no”, sin remordimientos, a experiencias, personas, momentos, batallas. Es a cierta edad cuando dices “no” y te quedas tan tranquilo, sigues con tu vida porque ya sabes qué te gusta y qué no, y actúas en consecuencia. Por eso uno a cierta edad está un poquito más solo, pero también está más feliz. Tenía mucha razón nuestro premio Nobel de literatura cuando dijo que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.  



Ternura radical para reencontrarse con el propio cuerpo: cómo dejé de ocultar el espacio que ocupaba en el mundo

Por Astrid Ávila Castro

Lxs cuerpxs disidentes, que de hecho son la mayoría, se han enfrentado a la imposición de formas corporales “correctas”, y también de dinámicas tiranas frente al deseo y al placer. El cuerpo que desafía los límites (gordo, calvo, con discapacidad, pequeño, no proporcional) se enfrenta a la posibilidad de ser indeseable, de no merecer recibir ni brindar amor. ¿Cómo reconciliarnos con el placer? ¿Acaso la reivindicación de la ternura radical nos puede reencontrar con nuestras cuerpas?

Esta es la historia de una niña que aprendió a respetar su cuerpo hasta después de haber vivido un cuarto de siglo. Es la historia también de una adolescente que quiso ocultar el espacio que ocupaba en el mundo y de una mujer adulta que decidió habitar diferente su cuerpo no normado. 

La primera vez que usé un bikini en la playa mi vida cambió. Quizás haberle dado largas, haberlo pospuesto tanto tiempo me sirvió para sentirme preparada. Nada malo pasó. Nadie se burló de mí. Me sentí cómoda. Nunca había nadado tan bien. 

Desde preadolescente, las prendas que acompañan el ritual de la playa me sirvieron para cubrir mi cuerpo. Llevaba camiseta, salida de baño y toalla, y ocultaba mi cuerpo todo el tiempo, con la excusa de ser muy blanca y por ende sensible al sol. Recuerdo que hasta hace algunos años entraba al mar con salida de baño (lástima que en ese momento no identifiqué la ironía en esa combinación de palabras). Recientemente cuando he ido a la playa y he visto la misma escena de ocultamiento inútil en otras mujeres y hombres, me he dado cuenta lo incómodo que es hacerlo. Para mí siempre fue lo normal: no quería exhibir algo que consideraba indeseable.

 

 

Pero el día que usé un bikini azul precioso y decidí no cubrirlo con una salida de baño, algo adentro se alegró. Me despojé de un peso invisible. Sentí que el espacio que ocupaba en el mundo era el preciso porque el océano era infinito. Traté mi cuerpo con ternura por primera vez. 

Mi amiga M. me decía que su terror en la playa era sentir que la gente la miraba más, y ella se sentía juzgada. Y esto porque se presume que el mundo tiene ansia de criticar lo feo, lo gordo. Y puede que sí. Muchas mujeres conviven con parejas que convierten sus detalles físicos en defectos. Nuestras madres y padres nos han recalcado que si eres demasiado gorda o demasiado flaca eres fea, por ende la gente se va alejar (esto no se dice, pero se insinúa). La lógica detrás de que si un cuerpo se cubre se va a volver invisible es, cuando menos, delirante. Pero también estoy convencida de que entre más se normalice que los cuerpos no normados se muestren libremente si así se desea, la mirada unificadora sobre los cuerpos y las cuerpas también se va a agotar.  

Siempre nadé cuando era una niña. Lo hice porque mi mamá también lo hacía, y desde entonces hasta hoy sigue siendo un ritual de madre e hija. Pero hubo un momento en el que se fue transformando en un escenario de miedo y culpa. Mi cuerpo no se parecía al de las niñas y mujeres que aparecían en vestido de baño en la Revista Tú (o su adaptación colombiana: la Revista Luna), aún así yo quería la misma ropa que ellas tenían, sus accesorios, su cuerpo. Empecé a pensar que para poder nadar tenía que buscar ese cuerpo y de hecho dejé de nadar muchísimos años de mi vida (primero por inseguridad, después por inercia). Pero cada año de mi adolescencia en adelante fue un alejarme de los cuerpos que había visto como ideal. 

 

 

A medida que mi cuerpo fue engordando, progresivamente también fue creciendo la necesidad de ocultarlo, buscando no mostrar aquello que no consideraba digno de ser mostrado. Esto coincidió con que tenía 16 años y una identificación con la música y la estética metalera. He pensado que cuando usaba ropa gigantesca y negra buscaba desaparecer, una vez más, del espacio que estaba ocupando. Inconscientemente asumía que taparme así iba a ocultar que era una adolescente gorda. Cuando menos era ingenuo. Mi amiga B. también engordó después de la preadolescencia: “Me acuerdo de que no quise tener fiesta de cumpleaños porque era gorda, y mis amigas eran flacas. También perdí mi virginidad muy pronto y sentía que no lo merecía”. Y esta sensación de no-merecimiento nos fue permeando toda la existencia. En mi caso me costó varios años de adultez convencerme de que mi cuerpo era deseable y de que mi valor humano trascendía mi peso. Lxs cuerpxs disidentes, que de hecho son la mayoría, se enfrentan a la imposición de formas corporales “correctas”, y también del despotismo de dinámicas de deseo y placer impuestas y cuadriculadas. Para desafiar los límites basta casi con ser un humano: tener nariz grande, estatura pequeña, sin pelo corporal, con demasiado pelo corporal, ser un hombre gordo, ser una mujer calva, ser transgénero, tener discapacidad. Y así fue como los detalles de nuestro cuerpo se volvieron la causa de ser indeseable, de no merecer recibir ni brindar amor.

En la temporada 2 de la serie Euphoria, Kat tiene un ataque de pánico al escuchar las incesantes voces de autoayuda cuando ella habita un cuerpo gordo y se siente miserable: eres hermosa, diosa, caballota, bichota, nos dicen. Esas voces aparentemente positivas se incrustan en la cabeza como un ruido y a veces aturden tanto que parece que no hay otra posibilidad de acercarse al cuerpo sino con la extrema adulación. Ahora busco tratar mi cuerpo con el amor que por muchos años no creí merecer. Pero ese amor no solo pasa por repetirme “hermosa, bichota, mamasita”, de hecho pasa por aceptar mi cuerpo sin tender a calificarlo. Por eso también creo en la radicalidad amorosa de reivindicar lo feo, lo gordo, lo desafiante. Porque creo que a veces abrazar lo que ha sido usado para herirnos también es un acto radical.  

 

 

Estas son tan solo un puñado de anécdotas que he escuchado de la voz de mis amigas toda mi vida. Nuestras madres han equiparado la belleza con la delgadez desde que tenemos memoria: “Tan linda Juanita, es tan delgada”, “¿Viste cómo se engordó Alicia? Es terrible”. Y juicios en apariencia inocentes que fueron configurando nuestros miedos. Mi amiga A., por ejemplo, me cuenta cómo siempre fue comparada con su hermana, que era muy flaca, y cómo siempre sintió una carencia frente a su cuerpo que nunca pudo decantar del todo. 

Con el paso del tiempo y el inicio de mi vida sexual por varios años sentí que era imposible desearme. Tuve la fortuna de que mi primera pareja fuera comprensiva y amorosa, y me acompañara a navegar por ese camino doloroso del propio rechazo. Con el tiempo me di cuenta de que si no labraba el camino para desearme iba a ser una persona infeliz el resto de mi vida. El universo conspiró, y aunque me costó muchos polvos desastrosos y horas de dolor y autocastigo, logré interiorizar lo obvio: sin mi cuerpo no existo, y si no existo no puedo nadar, bailar ni tener orgasmos. El deseo desde la aceptación transformó mi vida. 

Tal vez mi atracción por cuerpos no normados tenga que ver con que alguna vez me pregunté: ¿cómo si solo deseo los cuerpos esterotípicos voy a aceptar que mi cuerpo no normado sea deseable? Por eso reivindico el amor por lo raro, por lo queer y por lo ominoso y estoy convencida de que el deseo es un animal salvaje pero también un ser vivo con consciencia que se puede transformar. Y es un acto político configurarlo.  

Hoy quiero reivindicar el espacio que ocupo en el mundo.

Este texto no busca ser un manifiesto de autoayuda, pero hoy saludo a la niña que fui y le pido perdón a la adolescente que no he dejado del todo de ser. Y también le propongo el ejercicio de mirarnos al espejo solo para describir nuestras partes y nuestro todo. No para calificar el cuerpo, sino para identificar eso que es capaz de hacer: cómo se mueve, cuáles de sus colores y texturas coinciden con los de la naturaleza, cuál es el primer recuerdo que se tiene asociado a la boca o a un tobillo, qué no podríamos hacer sin ese cuerpo

Yo amo mi cuerpo porque me permite nadar. Quizás al volver a vernos con ternura, como probablemente nos enseñaron alguna vez en preescolar, y reconocerle al cuerpo que más que una foto es una caja impresionante de recuerdos y hermosos delirios, finalmente podamos reconciliarnos con el placer y entregarnos a la profundidad de las aguas como hice yo cuando entré al mar sin una bata encima. Así, de pronto, también podamos reivindicar la ternura radical para reencontrarnos con el placer de nuestras cuerpas. La belleza la podemos hacer nosotrxs, está en nuestra mirada.

 



La vida, una tusa eterna

 

Por: Andrés Salazar

No me malinterpreten, no estoy siendo pesimista, nostálgico, melancólico, lastimero o fatalista. Lo único que estoy siendo es realista frente a una situación propia y es esa, la de la vida siendo una rompecorazones constante.

Empecemos por aclarar que una tusa no es solamente un duelo por un rompimiento de pareja, no. Aunque esa es una de las tusas más comunes (y dolorosas), existen muchas más. Por ejemplo, una tusa por un amigx, por un familiar, por una mascota y hasta por un objeto o situación.

Todxs en algún momento de la vida hemos sentido desamor, hemos sentido el corazón roto y eso es algo que jamás se olvida. Se supera, sana, pero jamás se olvida. ¿Acaso olvidaron su primer break down? ¿Su primer despecho? ¿El perro que se les murió? ¿Sus abuelos o padres? ¿Ese viaje que no pudieron hacer? ¿Esa persona que se fue para siempre?

Aunque todas son diferentes y podrían tener niveles de dolor muy distantes, todas al fin y al cabo hacen parte de la vida, pero sobre todo, hacen parte de aprender a vivir. Y ahí está el punto clave de lo que quiero decir con esta columna: la vida es un constante salto a través de tusas, grandes, pequeñas y medianas, que nos van enseñando cómo carajos vivir.

La primera que sentimos, puede ser, tal vez, el desprendimiento de mamá. Esa primera vez que sentimos que mamá se va o nosotros nos vamos, al jardín, a la escuela, a la casa de las tías, etc. De ahí en adelante, todo es un cúmulo de despechos, y lo peor, con el paso del tiempo se van volviendo más trascendentales, más profundos y más difíciles de superar. De hecho, tienen mucho que ver con las primeras tristezas o traumas de la infancia.

Por supuesto que la vida también es un camino lleno de alegrías y triunfos, pero son los desamores los que nos enseñan, los que nos forjan y los que nos duelen, y como duelen, jamás quisiéramos volver a estar ahí, aunque a veces volvemos, pero por pendejos o porque tenemos deudas pendientes.

La vida es una tusa constante, repleta de frustraciones y de sueños rotos. Eso mismo que se siente con la desilusión de una relación imposible, lo sentimos con un fracaso laboral, con un bache emocional, con una pérdida familiar e inclusive, con ese amigo que pensamos iba a estar con nosotros para siempre. Pero, ¿qué sería de nosotros sin esas tusas? Tal vez no sabríamos nada, seríamos niñxs indefensos, desamparados, yendo de un lado a otro sin saber por qué.

Tampoco estoy diciendo que tengamos que pasarnos la vida sufriendo para poder ser alguien, simplemente, gracias al camino espinoso es que valoramos el estar vivos, porque al fin y al cabo todxs estamos aquí, ahora, cargando cruces, unas más pesadas que otras; lidiando con desamores, unos más profundos que otros; tratando de reconfigurarnos a diario, en medio del caos, de la desigualdad, de la discriminación, de la violencia, de nuestros propios demonios, de la indolcencia, de la injusticia y de la maldad…

Las tusas hay que atravesarlas, de frente, no hay cómo evadirlas, por más de que lo intentemos. Hay que habitarlas y hay que dejarnos habitar por ellas, las veces que sean necesarias, pero eso sí, ninguna debería ser igual pues si las padecemos, ya sabremos cómo gestionarlas o pasarlas. Todas pasan, absolutamente todas, unas se demoran más que otras, pero al final siempre llega ese suspiro reparador que nos indica que el dolor quedó atrás, y por lo general, no nos damos cuenta.

En ocasiones hay falsas reparaciones, momentos donde sentimos que la herida sanó cuando en realidad es un espejismo, una prueba que nos pone la vida misma para saber cómo reaccionamos y en qué parte del proceso estamos; Así que ojo, no se confundan, la verdadera reparación se sentirá de verdad, se sentirá desde el fondo de cada corazón y uno sabe cuándo cerró ese ciclo o es puro pajazo mental.

La vida es una tusa eterna que nos espera allá afuera todos los días, pendiente de con qué cara la afrontamos. A veces es condescendiente, otras es una mierd4, pero al final es maravillosa, misteriosa, sin un sentido claro pero con cientos de oportunidades para comenzar de nuevo, y eso, eso vale toda la pena.

 



La ansiedad de vivir con ansiedad

 

Para ser honesta, debo confesar que escribir sobre la ansiedad me causó ansiedad.

Pensé alrededor de 30 escenarios posibles en mi cabeza en donde este texto iba a ser problemático. Ya fuera porque revelará demasiado de mí o de quienes me rodean, o porque fuese en extremo escueto o ligero y quienes viven bajo un tratamiento psiquiátrico que controle su ansiedad lo sintieran como una aproximación estúpida a una condición difícil de sobrellevar.

Luego pensé: eso es pura ansiedad. Porque si algo nos hemos dado cuenta, o al menos yo, es que la respuesta a la mayoría de las preguntas que se hace mi cabeza es la misma: A N S I E D A D.

Eso no quiere decir que la ansiedad se viva igual para todos, pues sí, para muchos es solo una voz que intenta sabotear la cotidianidad, esa que te hace preguntarte si apagaste el gas, si le hablaste a tu amiga en el tono incorrecto y ahora te odia, por qué estudiaste esta carrera, o si debiste haber dado ese like en Instagram.

Para otros, la ansiedad es una prisión mental y física que te roba la paz y cualquier noción de tranquilidad. Hay quienes viven con ella a diario, la controlan con medicamentos por recomendación de su psiquiatra, o en alternativas más holísticas que dependen de muchos factores para funcionar. Pero trabajan, comen, duermen, aman y existen con ella.

En mi caso, la ansiedad aparece en forma de ataques esporádicos de duración indeterminada. Pueden ser 5 minutos o 2 horas, pero dure lo que dure, en ese momento todo está en desequilibrio. Respirar es una tarea titánica, el cuerpo tiembla sin control, tiene espasmos dolorosos que hacen que sudes y se te pegue la ropa.

La cabeza, a diferencia de los pensamientos intrusivos que van atropellándote en el día a día con preguntas o cuestionamientos momentáneos, no está en ningún lugar, revolotea, salta de un lado a otro y no hila una idea. Sientes miedo, como si te fueras a morir en ese instante y no sabes por qué. Al final, solo le pides a la vida que se acabe pronto y cuando sucede parece que hubieras corrido una maratón, el cuerpo está agotado y la mente igual.

A mí me han dado episodios de ansiedad en muchos lugares, en la calle, en cine, en la cama segundos antes de dormirme, viendo una serie, y tratar de encontrar los detonantes no ha sido fácil, a veces son fáciles de identificar lo que hace que trates de evitarlos, pero en otras ocasiones simplemente sucedió y comprender lo que hay detrás te tomará muchas sesiones de terapia.

No creo que todos vivamos con ansiedad, pero sí creo que a todos nos interrumpen ese tipo de pensamientos, y ese vacío que algunos sienten por dos o cinco segundos, otros lo tienen dentro suyo todo el tiempo, todos los días, a toda hora.

Miremos nuestro propio vacío y el de los demás con respeto, pues desestimar la ansiedad como un capricho del mundo moderno, o una señal de debilidad de la mente y el espíritu no puede estar más desconectado de una realidad que nos rodea.

Propongámonos identificar eso que alimenta nuestra ansiedad, esa situación, persona, contenido, trauma, recuerdo, o cosa que sin darnos cuenta pone a nuestra cabeza a dar vueltas sin parar, porque sin importar cual sea y el tiempo que nos tome reconocerla, entenderla nos permitirá empezar a manejarla para vivir mejor.

En este momento, mientras releo este texto antes de enviarlo, creo que nada de lo que digo tiene sentido, que a nadie le va a importar, luego veo el reloj, me doy cuenta de que mi deadline ya pasó y me genera angustia incumplir, al final repaso estas palabras mientras la barra titila en la pantalla del computador, pienso en la respuesta a todas estas preguntas y es la misma: es ansiedad.

Oda a la tristeza

 

Tristeza

Hace poco mientras leía el libro de mi amigo Manuel Carreño, “Por culpa de los Ramones”, una narración personal y casi que autobiográfica que repasa sus encuentros con la música, descubrí una de sus definiciones más bonitas, dura pero real: la de la nostalgia.

Manuel dice que, palabras más palabras menos, la nostalgia es ese sentimiento de tristeza por aquellas cosas, momentos o personas que ya no volverán, y no puedo estar más de acuerdo. La nostalgia es un sentimiento peligroso. Para muchos, todo tiempo pasado fue mejor y viven de la nostalgia, anclados en ella mientras el presente pasa, y así les funciona la vida, la disfrutan. Para otros, la nostalgia es un sentimiento negativo, que no deja avanzar, que nos estanca y que desconoce los beneficios de lo novedoso, de lo desconocido, de lo nuevo.

Pero no voy a hablar de la nostalgia (tal vez después, porque me gusta pero a la vez la detesto), voy a hablar de la tristeza, de la tristeza como sentimiento necesario, inevitable, cotidiano, mordaz y esperanzador.Yo creo que no hay días en los que no sienta tristeza, así sea en un nivel muy mínimo. Y sobre todo pasa cuando recuerdo, es decir, cuando evoco la nostalgia. Recuerdo mi niñez con algo de tristeza, pero no porque la haya pasado mal, al contrario, la pasé tan bien que la extraño y por eso, tal vez, me sienta triste. 

Recuerdo la vida que se fue, en donde fui feliz, y me siento triste. Y lo entiendo, lo acepto, comprendo que así son las cosas y que la vida hoy es diferente, ni mejor ni peor, solo diferente, pero cuando pienso en eso, me dan ganas de llorar. No, no es todo el tiempo ni con todos los recuerdos, pero sí con unos muy marcados, como la separación de mis papás (hace poco, muy poco).

La vida hoy no es mala, y tampoco me quejo. A pesar de todo lo que pasa allá afuera (y aquí adentro), soy afortunado. Soy feliz, a veces. Pero no lo podría ser si no me sintiera triste. La tristeza es un sentimiento necesario pues nos pone en lugares vulnerables en donde reconocemos quiénes somos en realidad. Puede sacar desde nuestros más profundos demonios hasta las emociones más puras, reales, transparentes y honestas.

Estar triste: no todo es malo

Tocar fondo cuando se está triste es tener la posibilidad de volver a flote, de salir de nuevo, de “renacer”, así el término esté bien manoseado. Pero no nos detengamos en el tiempo porque es un factor del cual no tendremos control. Las tristezas pasajeras (tal vez) son más gestionables que las más perdurables, esas que van carcomiendo el alma, y de las cuales parece no haber salida. Hablemos del sentimiento más no del tiempo que este dura en nosotros…

Generalmente (y me ha pasado), una gran tristeza, profunda y dolorosa, es la que me ha hecho tocar fondo, y cuando digo tocar fondo me refiero desde pintarme el pelo de 6 colores hasta tener comportamientos autodestructivos. En otras ocasiones, más tranquilas, las tristezas fugaces me han hecho replantearme cosas, me han hecho moverme y aunque me han herido, he sanado rápido.

En cualquiera de los casos he podido gestionar las emociones (afortunadamente). Cuando no es la terapia, son los amigxs (que también son terapia). Cuando no es el trabajo, es la familia. Cuando no es el rompimiento de la rutina, es la música. Siempre, de lo micro a lo macro, hay salvavidas o cuerdas de las cuales nos agarramos para subir a la superficie.

Y no les voy a negar, estar en la oscuridad a veces es bien seductor, es un lugar tenebroso al cual nos podemos adaptar rápido, y donde tal vez podamos sentirnos agusto, pero no es un buen lugar para estar siempre, hay que salir, no es real.

Hay algo que tengo muy claro y es que la tristeza es pasajera, es transitoria, por más de que estemos ahí un buen rato, años inclusive, en algún momento nos va a dejar o nosotros a ella, pero ya no estará. Pero eso sí, volverá, nos encontrará, puede que en el mejor momento pues su función es esa, decirnos que no todo puede estar inclinado a un lado de la balanza y que debemos saber pararnos al otro lado.

Una tusa, una ruptura familiar, una añoranza de lo que ya fue, un quiebre profesional, una meta incumplida, un periodo de incertidumbre (pandémico), un duelo, un cambio de planes o de vida, o simplemente un bajonazo químico… Hay muchas cosas que nos causan tristeza, cosas que irán y vendrán, unas más fuertes que otras, pero al final, todas hacen parte de esto, de vivir, y jamás nada será tan grave para dejar de hacerlo porque uno, somos seres microscópicos; y dos, todo viene y todo va.

Le agradezco a la tristeza, no por llevarme a la oscuridad, sino por mostrarme la luz desde lejos. Y me cansé de luchar contra ella porque entendí que hace parte de mí. Seguramente volverá y aquí estaré para ella, más viejo, más tranquilo, más vulnerable, pero sobre todo, más real.

Juntas pero no revueltas: tres diferencias entre la alegría y la felicidad

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La alegría es una emoción tan auténtica que tiene su propio himno. (Suena de fondo “Escucha hermano la canción de la alegría, el canto alegre del que espera un nuevo día”) La sonrisa se nos amplía cuando estamos alegres, el corazón late más fuerte y sentimos que no hay nada que pueda salir mal. 

Las sensaciones vinculadas a la alegría habitan todo nuestro cuerpo. Un grupo de investigadores finlandeses creó un mapa corporal que muestra en qué partes del cuerpo se canalizan las emociones. Luego de estudiar a más de 700 personas se comprobó que esta emoción nos habita de pies a cabeza. 

Pero un momento, ¿la felicidad está vinculada a la alegría? ¿Qué es primero la alegría o la felicidad? Ni lo uno ni lo otro. Aunque parecen lo mismo, estas dos palabras tienen diferencias sustanciales. 

Estas son tres formas de entender la diferencia entre alegría y felicidad: 

Emoción no es lo mismo que sentimiento y viceversa 

Una de las primeras diferencias entre alegría y emoción es que pertenecen a categorías diferentes. La alegría es una emoción, es decir una reacción del cerebro ante un estímulo. 

No importa si ese incentivo es interno o externo, el punto con las emociones es que son estados transitorios, pasajeros. Piensen que se vuelven a encontrar con esx amigx que llevaban tiempo sin ver, la dicha que sienten al abrazarlx es pasajera, luego vendrá el chisme o la nostalgia por contar que terminaron con sus ex. 

Por otro lado, la felicidad hace parte de los sentimientos, que corresponden a estados emocionales con un efecto permanente y más estable. Algunos psicólogos aseguran que los sentimientos son más racionales y se les da mucha más importancia en la vida. 

Por ejemplo, eres feliz cuando te detienes a recordar la familia que tienes, cuando agradeces porque estás en tu trabajo ideal o incluso cuando llevas varias sesiones de terapia y te cumples a ti mismx con ese objetivo. 

Una dura más y la otra menos

Ya lo mencionamos antes: las emociones son pasajeras y los sentimientos son más prolongados: la duración hace la diferencia. 

La alegría son como ráfagas cortas, esa montaña rusa que sube y baja, es súbita y no se prolonga. Aunque las personas alegres sonríen y se ríen constantemente, algunos estudios han encontrado que esta forma de expresar su emoción suele relacionarse con infelicidad: las máscaras también tienen forma de sonrisa. 

La felicidad es permanente, dura más tiempo y aunque se presenten malos ratos o situaciones tristes, lxs personas mantienen sensaciones de plenitud y estabilidad. La felicidad hace que te sientas agradecidx por la vida que tienes, estás conectadx contigx mismx. No importa si “muestras muela” o no, la felicidad no depende de una carita feliz. 

Felicidad y alegría se expresan diferente 

Ya tenemos claro que no todo lo que brilla es oro, así como no todas las sonrisas son sinónimo de felicidad. La forma de expresar la felicidad y la alegría es tan variada como la vida misma. 

Por un lado, la alegría es espontánea. Gritas, saltas y mueves las manos para festejar, te ríes y luego bajas la voz. Después de sentir esta emoción sigues tu vida cotidiana y las expresiones corporales cambian. 

En cambio las personas felices no siempre están saltando de una pata. Se cree que la felicidad se expresa con seguridad, mostrando actitudes positivas y de calma, mirando al frente cuando te saludan y brindando sonrisas francas. 

Si bien la felicidad y la alegría son diferentes hay que pasar por la emoción para llegar al sentimiento. Explora tus sentires sin tapujos, no dejes que la toxicidad te absorba y abre los brazos para que lleguen días felices. Entrégate a la belleza de la vida. 

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