Sobre la Libertad, las aves y twitter como un nuevo cielo. ¿Somos seres libres?

La amplitud de la Libertad como concepto, ha hecho que a lo largo de la historia las discusiones teóricas permanezcan inalcanzables y encerradas en su complejidad. Es ahí cuando las redes se convierten en un nuevo escenario de conquista que simulan el libre ejercicio de la opinión que es, a la vez, la razón de las nuevas condenas.

 por: María Cuestas

Sobre un cielo azul profundo, junto a una jaula de puertas recién abiertas, un pájaro atraviesa el cielo. Su vuelo parece apacible, calmo. Esa es la primera imagen que inunda las pantallas en google al buscar la palabra Libertad, que es, a grandes rasgos, la facultad de actuar por voluntad propia y que, en teoría, poseen todas las personas. 

 

Sin embargo, esa capacidad que se ha pensado con profundidad desde la filosofía, ha sido una conquista en el tiempo para la mayoría, más aún, se mantiene en el limbo —que es otra especie de cielo— como una promesa inalcanzable.  

Varios estudiosos de la filosofía coinciden en dos prismas desde los cuales se ha analizado la Libertad. Por una lado —y como herencia aristotélica— se la ha ubicado dentro de los seres humanos, algo que habita el interior. Desde un segundo ojo, la libertad ha sido pensada como una variable social. No depende de la voluntad de las personas y se interna en el análisis de la libertad del hombre, justo en ese inmenso pozo de bondad y maldad que navegaron de primera mano los filósofos existencialistas. 

La amplitud de la Libertad como concepto, ha hecho que a lo largo de la historia las discusiones teóricas permanezcan inalcanzables y encerradas en su complejidad, pero como no se trata exclusivamente de un concepto, sino de acciones, estructuras de pensar y de vivir, resultan ser más interesantes las formas, e imágenes, de entenderla, aplicarla y domarla de acuerdo a las propias pasiones.   

La esclavitud es el antónimo de la Libertad y sin embargo, parece que la vida fluctuara en medio de esos dos conceptos. Como si no hubiese distancia suficiente entre un abismo y otro. Parece que basta decir que, en Colombia, desde el 21 de Mayo de 1851, tras la sanción de la ley a cargo del presidente José Hilario López, no hay esclavos en el país. Y eso no dice nada, porque este país es lo más cercano a una patria de papel, no por aguantarlo todo, sino por escribirlo, leerlo en voz alta y luego guardarlo, como si las palabras solo tuvieran vocación de adorno. 

Pese a los avances y los derechos y todo aquello que nos hace convertirnos en una Nación, pareciera que en cuanto se dicta un final, la esclavitud cambia de piel. Se adapta y repta incluso por los rincones de la ubicuidad, de las redes, un escenario en el que se crean lazos y puentes que conectan a millones de personas, que están a cientos de kilómetros de distancia. 

 Las redes sociales, que son sobre todo un espejo, resultan ser un espacio ideal para entender cómo la libertad es un promesa que se alimenta de las ideas propias y a un ritmo frenético, de la aprobación, el retweet y el like de otros. El pájaro que vuela y es descrito al inicio de este texto no difiere mucho del animal y logo de Twitter, nombrada así en honor al sonido de las aves. 

 Solo hace falta una buena idea, una frase de 140 caracteres con la gracia suficiente para hacerse viral, agarrar vuelo en redes. Lo que sea que se escriba, llega a cientos de pantallas y se eleva casi tocando el sol, pero es justo en ese punto que empieza la caída libre. Y no, no porque todo lo que sube tiene que caer, sino porque el libre-pensamiento desencadena el libre-condenamiento. Nos hemos convencido que tener un perfil en twitter nos da la potestad de hablar de todo, de cancelarlos a todos, de abrir las jaulas y atravesar el cielo azul o el feed oscuro, porque “es mi opinión”. 

 

Seguramente los filósofos que tanto observaron el cielo, no dimensionaron un momento del mundo en el que el universo mismo fuera visto a través de un teléfono, una sociedad enfrentada ya no a pensar la libertad y sus umbrales, sino a defenderla con ferocidad, sin detenerse a pensar antes de twittear. Ahora que todo parece estar  fuera de, ¿en qué parte del interior habita la libertad?

 Ahora las cadenas no pesan, ni lastiman las muñecas. Ya no es el hierro el que lacera la piel, ni se labran los terrenos de ningún patrón. Todo lo que nos queda es seguir abonando —en un eterno scroll— las ideas que más tarde que temprano nos hacen querer volver a ver el cielo, lejos de todas las pantallas. Ser el ave en la puerta de la jaula y querer volver a volar.  

 



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